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Zelarayán (sandra)

Del poemario   AHORA O NUNCA  (poesía reunida)

RICARDO ZELARAYÁN

LA PIEDAD POR “ESAS IMBÉCILES MOSCAS”

A Oscar Massota

No es por decir,

pero el Papa

sí, el Papa,

es una Batata.

Mejor dicho era una Batata

porque más bien era un topo

un topo topológicamente ubicado en el

ombligo del mundo.

Al ombligo del mundo le creció un hongo,

enorme y blanco

que cuando el agua le sube al cuello

hace glu! glu!

y sonríe,

sonríe como Hawai,

como Samoa,

y como todas las islas felices perdidas en este

mundo.

El Papa topo (o ex topo)

no es la vizcacha que se escapa de la topadora

es la lombriz cortada con la pala

que sigue vivita y coleando.

El Papa añora los yuyos del Vaticano,

pero ahora se va pal lao del monte

con el diario doblado en cuatro bajo el brazo,

el diario que Doña Remigia

busca desesperada para prender el fuego.

“No hay fuego Doña Remigia

sin diario doblado en cuatro

bajo el brazo del Papa que se fue al monte.”

Doña Remigia patea la radio

con sus zapatos amarillos.

La radio no larga prenda…

“Doña Remigia yo sé

que después de pelar una naranja

no hay nada mejor que pelar un canguro

australiano y papal,

o un yacaré recién salido del agua

y bien atajado.

Rapidito que hay que hacerse tiempo

pa patear la radio!”

Qué quiere que le diga

dice Doña Remigia,

la Lucinda tiene la lumbriz,

la Rosa la hurmiga

y la radio no anda…

¿Qué le parece?

“Doña Remigia,

la vida pende de un hilo del corazón…

Usted se quedó sin fuego.

El fuego siempre tiene la última palabra…

insondable, acariciada,

pero hay que hacer cola.

La cola del pobre yacaré

pelado y colgado.”

El Papa vuelve con los ojos hundidos.

El Papa vio pasar la última liebre pero no la corrió.

El Papa se mete en la cocina sin fuego,

sin el diario

y con la radio pateada en el suelo.

¿Y la Remigia?

Doña Remigia anda por ahí

con los zapatos amarillo

subida en un burro

corriendo un sapo.

El sapo se agiganta

la vieja se asusta

(no tanto como el burro)

El sapo ve crecer los hongos y respira…

Ha comenzado la lluvia.

La lluvia cae sobre la vieja sin fuego,

sobre el burro empacado

y sobre los zapatos amarillos que patearon la radio.

Justo por ahí,

donde está el burro empacado,

anduvo hace rato la Rosa,

la de la hurmiga…

que no hay que confundir

con la hormiga y la rosa

ni con la topadora y la vizcacha

ni con la tierra y la lluvia…

¡Qué llueva, qué llueva…

la vieja no está en la cueva!

Y la pajarita Rosa voló

Y ahora canta…

La ciudad en el crepúsculo  comienza a

encender sus mil ojos llovidos,

los grandes cristales chorrean mansamente

y los autos acarician las calles mojadas.

Rosa voladora y cantora,

Rosa con la hurmiga.

La hurmiga que canta al oído

como la lluvia del cielo.

La canción me la guardo para otra ocasión.

La hora se sumerge como tiburón en las

negras profundidades

y no hay tiempo para la canción

ni para la discusión,

ni para el fuego que hubo que dejar para

mañana.

Las uñas crecen como las moscas

y las moscas vuelan sobre la vida.

Entrerriano de nacimiento y para siempre, salteño-tucumano de tradición y santiagueño de vocación, tal como se definía, Ricardo Zelarayán (1922-2010) pasó gran parte de su vida “exiliado” en Buenos Aires. En esta ciudad escribió sus poemas y novelas y construyó su leyenda, la del escritor que ocultaba y perdía sus textos y la de una obra ausente, conocida a través de fragmentos y versiones parciales.

“Todo lo que no sea pedido u orden dictada por la necesidad de supervivencia o por razones de orden, seguridad o arbitrariedad, se llama literatura”, anotó en uno de los papeles perdidos y recuperados con las últimas ediciones de sus textos. En esta perspectiva, “la literatura la hacen todos sin distinción, en cualquier momento, dentro y fuera de la página, buena o mala, oral o escrita, no interesa”.

Esas ideas de su práctica de escritor, una práctica que consistía ante todo en escuchar y prestar oído al “lenguaje que se habla a cada rato”, pueden explicar parte de aquello que aparece como desorden y descuido de los propios textos. Zelarayán sostuvo su guerra de guerrillas contra la institución literaria –la industria editorial, la crítica académica, el periodismo cultural– en la oposición a las nociones convencionales de obra y autor. De aquí deriva una de sus frases más citadas, aquella según la cual “no hay poetas, sino hablados por la poesía”, como dijo en el posfacio de su primer libro de poemas, La obsesión del espacio (1972). Y también su adscripción, plenamente consciente, a la línea que inicia Macedonio Fernández en la literatura argentina: la tradición de los marginales.