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JOSÉ LUIS ZAMPARO

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SERU

 

 

Con los ojos cerrados me ve mejor.

Yo se que está allí. Me apuro, compro rápido el pan. No disfruto de la mirada como las otras mañanas, tampoco un buen día. Pensará que los domingos me deprimen, o que me duele algo, pero debe ser difícil para ella entender que siempre ese día me duela algo. Tal vez no lo piense, aunque creo ver en ella algo de preocupación por mí, estoy seguro que algún interés debe tener, si no, porqué su sonrisa. No sé, pero el día ideal para invitarla al cine, la única tarde libre que debe tener y no lo aprovecho. Será que siempre hay gente, o por la dueña que me mira, que seguro que oye, que siempre está pendiente de lo que digo, si saludo, si no, si tiene que cerrar y recién son las once, que el gobierno, y la asignación por hijo, y los que piden; todos los chicos a ella le piden. Ni su nombre se me ocurrió preguntarle.

Lo esquivo, y me siente, me encuentra, grita mi nombre. Me ha tomado el tiempo para verlo otra vez, el maneja el tiempo. Y la misa no termina nunca, no se porqué la gente no sale  si ya es la hora. Eso es lo único que lo atrae más que a mí, su trabajo, su preocupación, su deber, como que en ese momento me deja, me abandona, se olvida de mí. En verdad es la gente que se lo lleva, lo separa, por fin.

Amo su cara, aunque a veces me de temor. Esas mañana quiero estar en su lugar, sin embargo lo esquivo, me apuro, pero quisiera jugar, correr, con o sin pelota, correr.

Imagino sus días, y me pongo a llorar, pero es momentáneo, lo puedo disimular, que me limpio los lentes, una basurita. Comprendo su vida, su dolor. Es por eso que no lo quiero encontrar. Pero sigo comprando allí, en lo de esta chica, los domingos y a esa hora. A partir de la próxima semana pasaré más temprano, compraré el diario en la otra esquina aunque  sea leproso, camino dos cuadras más, doblo en Ayacucho, y ya está. No va a estar.

Yo se que él es igual a mí. Aunque yo nunca me atreví a pedir, ni siquiera un nombre, siempre me conformé con su sonrisa. Sería tan simple. Y nada de responsabilidades, de obligaciones. Si yo no tengo quien me obligue, ni quien me tenga lástima, ni nadie a quien dar cuenta. Que revolución romántica y el Che  y los pobres  y Mao, ese viejo que se pudra en sus libros, junto con Lenin, y mis amigos que ya no están. Que los fierros, que vamos a agarrar los fierros. Y a él quién lo cuida, quién lo saluda después de misa . Su alma, sus ojos, sus manos, son igual a ellos y a mí.

Después de todo, estaría parado en el medio de la vida de los demás. El podría mientras, jugar, y mi chica se cruzaría a alcanzarme el pan. No sé que estoy esperando para recibir amor.

Jose Luis Zamparo