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LAURA ROSSI

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Batalla contra los oído-seco

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Los oído-seco se caracterizan por ser personas extremadamente habladoras. No habladoras al estilo alma-de-la-fiesta, sino, más bien, al estilo terapia-de-grupo. Para ellos, el mundo que los rodea es una gran oreja, cuya única misión en la vida es recibir sin chistar cada una de las frases que tengan para decir. Los demás no son interlocutores sino entes desprovistos de voz y de intereses personales, que están allí para que los oído-seco descarguen indiscriminadamente su mundo interior. Una conversación con un oído-seco puede desarrollarse del siguiente modo:
Oído-seco: …entonces, yo le dije que ni en pedo se le ocurriera ponerle lentejuelas al traje y ella me dijo no sé qué, entonces me fui, como esa vez que me tuve que pelear con Fulano porque me dijo que estaba gorda. ¿A vos te parece?

Oreja: Claro, lo que pasa es que… [aquí se superpone con el siguiente parlamento del oído-seco]
Oído-seco: No importa. La cuestión es que estuve en el supermercado y los trapos de piso estaban de oferta, así que compré un par y después me fui a tomar unos mates a lo de Mengana porque….
Oreja:…
Y así podríamos seguir hasta el infinito. Mejor dicho: no hasta el infinito sino, más bien, hasta que aparezca frente al oído-seco algún otro factor distractor que lo lleve a operar en otra dirección.

En líneas generales, el oído-seco inicia la conversación con una pregunta que el interlocutor interpreta, erróneamente, que debe responder o que requiere su atención. En realidad, esa pregunta tiene como única función dirigir el intercambio hacia alguno de los temas sobre los que el oído-seco pretenderá discurrir. Al oído-seco no le importa ni cómo estás, ni qué pensás, ni espera que sopeses y elabores una solución para alguno de sus mil problemas (porque los oído-seco dicen tener siempre millones de problemas-catástrofe): sólo quieren inventar alguna excusa para hablar.

Hay momentos, sin embargo, en los que los oído-seco no emiten sonidos y uno tiende a creer ingenuamente que nos están escuchando. Pero no: cuando el oído-seco permanece en silencio, se limita a escuchar los borbotones de frases que suenan dentro de su cabeza. Y es así. Intentar mostrarles que el mundo se compone de otra gente que también tiene voz es como tratar de domesticar un clavo para que haga piruetas al grito de ‘¡salta, violeta!’. Por eso, es altamente recomendable no entrar en estériles intentos de charla con un oído-seco: si no podemos escapar de ellos, permanecer en silencio, asintiendo con la cabeza, es lo mejor que podemos hacer. De este modo, su vómito verbal terminará antes y, al menos, no habremos gastado saliva en chimangos.
Ahora, si somos verdaderos defensores de causas perdidas o estamos absolutamente desquiciados en lo que se refiere a hacer justicia por mano propia, una manera de frenar este delirio verborrágico es plantarse frente al oído-seco y gritarle: «No me interesa lo que decís. Andá a hablar con las paredes y dejá de fingir que querés mantener una charla conmigo, cuando lo único que te importa es hablar como un lorito parlanchín. Rajá, perro.» Con esto no vamos a modificar la conducta del oído-seco, que probablemente sólo registre la elevación del volumen de la voz y no las palabras, pero habremos generado un factor distractor, inesperado que nos permitirá salir corriendo para nunca más volver.

A veces, correr es la única salida posible, casi como intentar sobrevivir.

                                                   LAURA  ROSSI