© 2012 admin. All rights reserved.

CARLA CATERINA

.

Un pibe

 –

Ayer murió un pibe, podría ser también la semana pasada o pasado mañana. Sí, murió un pibe de apellido Cañete, o Gómez, o Pérez, no sé, podría ser cualquier pibe. Murió ahorcado. Nadie sabe bien.  Suicidio, argumentó la autoridad. Este pibe, o podría ser cualquier otro. Un pibe, casi un niño, devenido grande a los golpes. Otro pabellón había reclamado. Sí, claro; la terapeuta de la cárcel lo sabe, sabe que no sabe,  en qué pabellón estaba el pibe. En el que no quería; en el que fue asignado. Nada de su deseo pudo tomar  alguna vez  entre sus manos.

Tenía madre, claro, alguien le dio la vida; una vida  que el Estado le ofreció en tajadas miserables. Una vida hipotecada, sostenida en la marginalidad; en trabajos delictivos, en muertes a punta de navaja; en ignorancia y hambre.

 “Se fugaba con frecuencia”, argumentó el policía, ese con ojos de marino violento; que lo clavó y lo dejó tirado dentro de esa ratonera húmeda. “Un buen pibe”, dijo el juez, aunque mucho no sabía; como  la sociedad. Un pibe que,  como tantos,  saltaba de institución en institución, para ser corregido, educado;  aunque menos querido, contenido, o  integrado.

Líder de una zona;  exaltado, drogado, eufórico. Amigo y compañero de otros;  otros que ya no están, igual que él.  Pibes que no conocieron la ilusión, ni la risa; ni la taza de leche; o el abrigo de una frazada.

Para algunos, un héroe; para otros, la resaca sucia que distorsiona el funcionamiento de  la Sociedad; para muchos, el emergente de la corrupción, avalada por aquellos que son dueños del Poder, y que con total impunidad, entierran pibes cada día.

Un pibe;  un  amigo, un hijo, un hermano, un niño, un primo, un empleado, un profesional, un padre, un esposo. Un pibe más;   que pudo haber sido muchos, y terminó siendo un recuerdo en la memoria de algunos.

Carla Caterina