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Un pibe
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Ayer murió un pibe, podría ser también la semana pasada o pasado mañana. Sí, murió un pibe de apellido Cañete, o Gómez, o Pérez, no sé, podría ser cualquier pibe. Murió ahorcado. Nadie sabe bien. Suicidio, argumentó la autoridad. Este pibe, o podría ser cualquier otro. Un pibe, casi un niño, devenido grande a los golpes. Otro pabellón había reclamado. Sí, claro; la terapeuta de la cárcel lo sabe, sabe que no sabe, en qué pabellón estaba el pibe. En el que no quería; en el que fue asignado. Nada de su deseo pudo tomar alguna vez entre sus manos.
Tenía madre, claro, alguien le dio la vida; una vida que el Estado le ofreció en tajadas miserables. Una vida hipotecada, sostenida en la marginalidad; en trabajos delictivos, en muertes a punta de navaja; en ignorancia y hambre.
“Se fugaba con frecuencia”, argumentó el policía, ese con ojos de marino violento; que lo clavó y lo dejó tirado dentro de esa ratonera húmeda. “Un buen pibe”, dijo el juez, aunque mucho no sabía; como la sociedad. Un pibe que, como tantos, saltaba de institución en institución, para ser corregido, educado; aunque menos querido, contenido, o integrado.
Líder de una zona; exaltado, drogado, eufórico. Amigo y compañero de otros; otros que ya no están, igual que él. Pibes que no conocieron la ilusión, ni la risa; ni la taza de leche; o el abrigo de una frazada.
Para algunos, un héroe; para otros, la resaca sucia que distorsiona el funcionamiento de la Sociedad; para muchos, el emergente de la corrupción, avalada por aquellos que son dueños del Poder, y que con total impunidad, entierran pibes cada día.
Un pibe; un amigo, un hijo, un hermano, un niño, un primo, un empleado, un profesional, un padre, un esposo. Un pibe más; que pudo haber sido muchos, y terminó siendo un recuerdo en la memoria de algunos.
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Carla Caterina