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Gato negro
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Nunca fui supersticiosa pero ayer me pasó algo increíble. Estaba frenada en el semáforo de Santa Fe y Laprida cuando cruzó frente a mí un gato negro. Rápidamente tomé la decisión de girar a la izquierda en cuanto el semáforo se pusiera en verde. Si lograba pasarlo antes que llegara a la vereda opuesta, entonces técnicamente, no se me iba a haber cruzado.
Cumplí mi objetivo con éxito así que ahora estábamos a la par. Él caminaba por la vereda a la exacta velocidad a la que yo avanzaba y cada tanto me miraba de reojo como para tantear mi posición. Estoy segura que buscaba el momento para cruzar la calle justo delante de mí y así poder cumplir su misión que yo había frustrado.
Transpiraba, presa de mi andar lento e intermitente de carril exclusivo. Él en cambio estaba tranquilo y me daba una sonrisa burlona que no hacía más que aumentar mi ansiedad. Lo que más me llamaba la atención del gato era que tenía puestos unos mocasines blancos, a lo mejor eran zapatillas, no sé bien. Pero eran blancos, eso seguro. Supongo que los usaba para caminar más rápido y cumplían su función porque en un tramo que pude acelerar un poco me siguió el ritmo sin problema. Mi objetivo estaba resultando ser más difícil de lo que había pensado en un principio y aunque me estaban esperando en la oficina, iba a seguir hasta las últimas consecuencias.
Fue en la esquina de Pellegrini donde la odisea llegó a su fin. El semáforo se puso en rojo, pensé en pasar igual pero fue imposible por el tráfico que se lanzó a toda velocidad por la avenida. Supe que la batalla estaba perdida. El gato miró el semáforo que daba paso a los peatones y bajó el cordón. Caminó pausadamente por la senda peatonal, tenía un andar elegante y el pecho erguido como el de un comandante de caballería victorioso. Se detuvo frente a mi auto y me miró desafiante desde allí abajo. La pausa fue breve y continuó su paso. Fue cuando se disponía a subir el cordón cuando noté que el gato en realidad no llevaba zapatos. Sus patitas eran blancas, no era un gato negro. A pesar de que nunca fui supersticiosa, sentí un gran alivio.
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PAULA MAFFEI