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FIMA
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A las doce oyó en las noticias que, aquella mañana,
un joven árabe había sido alcanzado y muerto por una bala de goma que al parecer había salido del fusil de un soldado en el campo de refugiados de Yebalia en un incidente con lanzamiento de piedras, y que su cuerpo había sido sustraído del hospital de Gaza por unos encapuchados y las circunstancias estaban siendo investigadas. Fima reflexionó un rato sobre la forma de dar la noticia. Sobre todo le pareció detestable la expresión «muerto por una bala de goma». Y se enfureció por las palabras «al parecer». Luego se irritó, de forma más general, por el uso de la forma pasiva que cada vez era más dominante en el lenguaje de las declaraciones oficiales, y quizás en el lenguaje en general.
Aunque es posible que un sentimiento de vergüenza, de bendita y saludable vergüenza, sea lo que nos impida decir simplemente: un soldado judío ha disparado y ha matado a un chico árabe. Por otra parte, ese lenguaje contaminado nos inculca sin cesar que el fusil es el culpable, las circunstancias investigadas son las culpables, la bala de goma es la culpable, como si todo el pecado fuese culpa del cielo, como si todo estuviese predeterminado.
Y de hecho, pensó, ¿quién sabe?
¿Acaso no hay una magia latente en las palabras «culpa del cielo»?
Al final se enfadó consigo mismo: ni magia ni latente. Deja en paz al cielo.
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Amos Oz, Fima.
Ediciones Siruela/Debolsillo. Traducción de Raquel García Lozano.
Fotografía: AP.