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Matías Magliano – Escenas

Cruzar la calle

Los tres llegan en el auto. Estacionan. La hija dice chau y baja por la puerta de atrás. Antes se besaron, los tres. Ella camina porque tiene que cruzar la calle para  llegar a un lugar que parece nuevo; al menos para ella. Pienso: ¿trabajo nuevo, estudio nuevo, departamento nuevo?, ¿querrá cruzar?, quizás prefiera quedarse de este lado, con ellos, conmigo. Los dos se quedan en el auto y la ven cruzar. Me pasa por adelante, me gustaría que lo hiciera un poco más cerca. En el auto se miran diciéndose todo sin decir nada. Él saca la mano del volante y le acaricia la cara, ella gira y lo vuelve a mirar. Le dice algo que el vidrio y el ruido de la ciudad no me dejan escuchar. Pero dice algo que alguna vez decimos todos: «qué grande que está» o «cómo creció» o «¿estará bien?» y por el movimiento de los labios se nota su modo de decir; palabras que se escapan sin más fuerza que el aliento. La chica entra. Él vuelve a tomar el volante, acelera y se van. Me quedo esperando el colectivo y pienso en la vez que era yo quien cruzaba la calle.

Sacar pasaje

Subo. Los asientos individuales están ocupados. Todos. Me reconforta saber que puedo elegir entre cualquiera de los dobles. Vacíos. Después de dudar un instante, me siento. Espero viajar solo la mayor parte del recorrido. Más cómodo. Con satisfacción compruebo que son los otros lugares los que se van ocupando. Me alegra que la gorda haya elegido otro asiento. A través de la ventana unas pinturas callejeras me cuestionan; todos esos dibujos tienen algo para decirme. Mucho. Me hubiera encantado saber dibujar; justo a mí, que de chico me costaba darle forma al muñequito del Ahorcado. Debería existir un día en el año en el que todos los artistas callejeros salieran a pintar la ciudad. Nos vendría bien. Los demás lugares están casi completos. Incluso dos personas viajan de pie. Me pregunto por qué alguien elige estar de pie cuando tiene la posibilidad de sentarse. A mí lado hay un asiento vacío. Prefería viajar sin acompañantes, solo, pero no entiendo por qué la gente elige otros lugares. Pienso que por suerte alguien ya me eligió para el resto de su vida. Toda, me dijo. Si no, en momentos así me estaría preguntando qué es lo que tengo para que nadie comparta mi asiento.

Mirar atrás al bajar

Una de sus manos de veinte años toca el timbre, la otra se entrelaza a los dedos de dieciséis de ella, que con la mano libre carga al bebé. El chofer para en la esquina. Ella deja que asome el arito del ombligo, trofeo de la batalla contra las modificaciones del cuerpo después del parto.

Él debajo de su gorrita tiene la cara de quien piensa ahora las cosas que antes aceptó sin pensar demasiado. En la unión de sus manos persisten secuelas de cuerpos desnudos, revolcados en algún rincón del barrio. Entre todos sus dedos están los de él y así esperan a que el chofer abra la puerta.

Sus manos se agarran fuerte y recuerdan: la de ella estar adentro del pantalón de él. La de él bajo su remera. El bebé quizás sepa esto años después. La batalla de aquel sexo persiste sostenida por el brazo de ella. Los dos se miran antes de bajar; ya sin el calor de aquellas miradas. Yo recuerdo las nuestras, sí, la tuya y la mía de aquella: nuestra única noche. La de nuestros besos a la vuelta de tu casa, y recuerdo tu cara cuando me decías sin forro no y cómo te enojaste y me dejaste ahí desesperado y dolorido. Todavía te veo corriendo a encerrarte por siempre en tu casa. Y ahora miro mis manos y ninguna tiene la tuya, ni te tengo a vos, ni tenemos nada que nos una. No te volví a ver. Primero bajan ellos tres, después yo, y todos miramos atrás al bajar.