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MATÍAS SETTIMO, el viernes…

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MANIFIESTO

 

 

 

Besar

la estrella,

la torre de Babel

de tus labios.

Besar el principio

para olvidar

quemando

de una sola vez

todo lo que fuimos,

ofreciéndolo

al olvido

a la casa

al cuerpo

al eco perdido

que esconden los ojos

que juzgan

sin mirar

transfigurados

de odio,

en los minutos

pesados

que se arrastran

de a uno entre los dos.

Guerras íntimas,

estrategias domésticas

que nos delimitan

y aprisionan,

¿qué haremos

cuando quedemos

indefensos

frente a lo que odiamos

de nosotros mismos?

El amor

ya no es más

la respuesta a todo,

aunque el arte

venga en su auxilio,

tampoco sirve de nada.

 

Si las preguntas

nos chupan la sangre,

las respuestas

nos atan los tobillos,

nos amordazan,

nos engrillan

y nos escupen

en la cara

nuestro nombre.

¿Qué fuerza física irreversible,

qué rol de hombre irremediable

nos lleva a imaginar

opciones descomunales

que llenen el espacio

de decepciones coloridas

que tiñan el cielo de sangre?

Abrir al sol las heridas,

que todos las conozcan,

ofrecerlas como muestra,

no de humanidad,

sino como ofrendas,

que ellas sean nuestra verdad,

que ellas canten nuestro nombre

y nos mantengan

siempre

al costado,

en la periferia,

en el limbo de los escritores,

siendo de todos

para que sean nuestras.

Golpear con fuerza

lo amado

hasta que nos duela

y el golpe nos vuelva

inseparables.

 

 

 

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Escribo

en tu cuello

de cisne destrozado,

algo

en griego antiguo

para que no se entienda.

Y entre los dos

le damos

un significado

secreto,

que repetimos
hasta cansarnos

y aunque nos duela:

¡no es melancolía, es tristeza!,

es como el fuego en el lago

que adivina el I-Ching,

o la montaña de humo blanco

que se cuela en mis ojos.

 

 

Matías  S.

son los dos poemas que leyó el viernes en la fiesta.