OSCAR
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La parábola de la vida es que aquellos dos niños criados en un hogar casi obrero, acostumbrados a la soledad y el refugio en la colección “Billiken”, a comer mucho arroz con manteca (vos me explicaste eso una vez que yo no entendía porqué nos gustaba tanto el arroz: porque era barato –dijiste-, llenaba y mamá zafaba con eso), a romper los mejores pantalones en las rodillas (esa cosa de los pobres de usar la mejor ropa para el estropicio), a jugar con el primer Game Boy humano (los equipos de fútbol-mesa con botones), los discos de Bill Evans, y cómo me burlé el día que intentaste hacerme leer Rayuela a los 15. Y adelantarte con las chicas, con las ideas políticas, con las fugas. El día que te enojaste porque yo me casaba y te iba a dejar solo… Y me lo dijiste así, como un enamorado… querido, querido… Esa biblioteca infinita que empezaste a comprar a tus 17 ha sido nuestro paraíso, nuestro cielo, nuestro refugio, esperanza… y vos la hiciste, vos fuiste el pionero, el colono, el padre de Saavay (Saavedra y Ayolas), mi padre escritor, poeta, de la mejor manera, con la sugerencia, con el acaso estudiadamente premeditado.
Me acuerdo el primer día que vino a casa el viajante de Editorial Aguilar (el viajante que sólo le vendía a las librerías de Rosario), trabajosamente, hasta aquel territorio comanche que era la calle Ayolas, lindero con Villa Manuelita y no había GPS. Y mamá casi se muere de un ataque. Vos tenías 17 años y ponías todo tus primeros sueldos metalúrgicos en las Obras Completas de Borges. Y Borges ya tenía algo de enemigo en Tablada, Capital Nacional del Peronismo.
La parábola de la vida es que ahora estamos otra vez juntos pero llenos de hijos, nietos, mujeres. Libros (algunos nuestros), discos (acabás de traerme de New York, otra vez, “You must relieve in the spring” que me presentaste hace 40 años), viajes, polémicas, la eterna resistencia canaya, todos los cafés de Peter Altenberg y tu gesto definitivo de ponerle “Bovary” a una tienda de ropa femenina.
La parábola de la vida es que hoy volvemos a estar un poco más solos como aquellos años en el patio, la terraza, la pieza o la cocina, abismados frente al plato pudoroso de arroz blanco. Se han ido ellos… los Dioses han muerto y parece que estamos como expulsados del paraíso. Pero yo siempre tendré un ángel que me cuida desde tu biblioteca y la vida.
Marcelo Scalona
21-09-2014
