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San Evans es mañana. En el santoral jazzero, el 16 de septiembre es San Evans, porque ése día, de 1980, murió William John Evans, el más fino pianista de jazz de todos los tiempos. No estoy diciendo que sea el mejor, estoy diciendo el más fino o refinado, exquisito. El hombre que consiguió poner en el jazz toda la impronta clásica del impresionismo, dando como resultado, por momentos, una mixtura irrepetible entre la libertad del jazz y la intensidad de Debussy. En un tema en particular esta condensado el milagro de lo sublime: “Hullo Bollinas”, tocada y grabada por única vez en vivo en el Concierto de Tokio en 1973. Un disco que le regalé a Gary y que creo, él también ha perdido para siempre.
Según los gustos y la crítica, puede haber otros pianistas más dotados técnicamente (Bud Powell, Art Tatum), o más vigorosos (Peterson, Corea), o mejores compositores (Ellington, Monk). No lo pongo en duda, pero… ¡cómo decirlo!… el yeite de Evans, su precisión, su gusto melódico, su cadencia, fueron algo tan propio y pleno como de una especie desaparecida. Tanto así, que de los nuevos e importantes pianistas, lo primero que uno trata de distinguir, es cuánto tienen de él: Hangcock, Jarret, Mehldau
Un maestro del arreglo fue Evans, alguien capaz de hacer siempre versiones nuevas y distintas de cualquier melodía. Pero improvisándolas, desfigurándolas, revulsionándolas con unos acordes ora estiletes ora caricias. El acorde era su arma de transfiguración melódica, capaz de llevar la tensión sonora siempre a un punto más allá del pentagrama. Siempre media nota más y el sostenido en el aire. Algo maravilloso del arte en general (búsqueda o fuga infinita), y que destaca tanto en Evans, esa tensión alargada que le daba a las notas, al punto de que por momentos parece que se va a salir del piano, de las teclas, del teatro.
Todo lo que toca se va agrandando de un modo dichoso, estirando las escalas sin saber adónde llegará o por dónde irá a escurrirse para volver al cuerpo materno del autor, a la melodía. De los mismos temas tiene versiones de tres minutos, de seis, de nueve y de dieciocho. ¿Quién puede transformar “Esta tarde vi llover”, de Manzanero, en una Gimnopédia de Satie? Esa es la exaltación que produce Evans, convertir una melodía popular en una sinfonía clásica, intemporal, compleja.
En otros temas, el alargamiento es de tipo crispatorio (“Nardis” de Davis), y uno se asusta un poco… mientras escucha, de pronto se dice: -Caramba, ¿qué va a hacer este loco… dónde quiere llegar?… Pero luego resulta tan afinado y exacto, que a la incomodidad que produce la imprudencia, muda un vértigo de placer, ritmo, movimiento. Y es inevitable hacer teclas en la cuerina del tablero del auto o los tapetes de las mesas, transmitiendo al oyente el arrebato de la inspiración y la improvisación, porque cualquier melodía en la que participa se transforma en otra: más suave, más triste, más cadente o más pletórica de bullicio. Como si alguien pudiera dar un baño de Bach o Mózart a una romanza popular de Rodgers o Legrand.
Nació en Nueva Jersey, el 13 de agosto de 1929; su padre era un ingeniero amante de la pintura (Harry) y en ese refinamiento poético, está el origen del pequeño William en el conservatorio musical, para que a los veintiún años fuera un concertista clásico, con honores y título de profesor de música de la Universidad Brandeis, de Waltham, Massachusetts. El gusto de su padre por los pintores impresionistas, franceses o americanos, explica en parte esa influencia tan nítida en Evans, devenido heredero de sus adorados Debussy, Ravel o Faure. Da haber seguido en la línea clásica es muy probable que hoy habláramos de él como de Goulda o de Satie, pero a los veintisiete años conoció a Miles Davis y se produjo un ¡bang! en su cabeza, o mejor dicho, un Big Bang. Evans dejó la galera y el frac y empezó a tocar de noche, sin papeles, sin siquiera una luz para verle las manos.
Él mismo lo cuenta maravillosamente en una charla que tiene con su hermano mayor, Harry, el 26 de noviembre de 1979, durante los dos Conciertos de París en “L’Espace Cardin”. La conversación figura como un extracto en el número 9 del disco compacto “Concierto de París Edition One” del Sello Musician de Warner Music. Ahí se escucha muy elocuente la confesión de Bill a su hermano Harry: “El jazz es la cosa más importante de mi vida, sin embargo, gran parte de mi vida no lo supe. Ya sabes que fui a la universidad y obtuve el título de profesor porque creí que podría enseñar. Pero un día llegó el momento… me metí con el jazz y ¡bang! Fue como si se me revelara mi verdadera parte interna, que estaba allí pero yo no me había dado cuenta. Como un chico que no sabe lo que quiere ser cuando crezca. Bueno… yo no lo sabía, y no creo que muchos hombres lo sepan…” Luego agrega “… yo deseo llegar a la mayor cantidad de gente posible y por eso elijo temas comunes o populares, pero trato de introducirles sentimientos selectivos, es decir, creo que el artista debe ser responsable y movilizar siempre los sentimientos que contribuyan a un mundo mejor”.
Es curioso ver las fotos de Evans en 1956, pelo corto, peinado a la gomina, saco y corbata de auténtico concertista clásico. En ese momento edita su primer disco de jazz “Bill Evans New Jazz Conceptions” (Riverside) acompañado de Paul Motian y Teddy Kotick. Evans era en 1956, virtualmente, un desconocido, salvo para Miles Davis que ya lo había elegido para ser el pianista de su sexteto, influencia que, definitivamente, lo volcaría del día hacia a la noche. Y como sabemos que la forma es una extensión del contenido, a partir de allí mudó el jacquet por el prét a porter, los anteojos por contactos y el pelo largo hasta los hombros: otro tipo, el nuevo Bill nacido de su propio Big Bang. Claro, hay que reconocer que Miles Davis no parecía de este mundo y todos los músicos que tocaron con él dicen que era una especie de Demiurgo (un dios pequeño intermediario entre Dios y los hombres), que no solo componía o tocaba el mejor jazz, sino que inspiraba a que los otros para que compusieran y tocaran de otro modo.
Eso se lo escuché decir a Herbie Hangcock el 3 de octubre del 92 en “Obras” (Buenos Aires) en una presentación del Quinteto de Miles. Por esa misma razón Evans le dice a su hermano Harry aquella noche: “Lo mejor del jazz es que se trata de algo creativo, en lo que siempre podés volver a enchufarte: ¡bang!, ese enchufe se dispara y el proceso creativo funciona, en el mismo momento que te sentás al piano”.
Evans tocó en Rosario (Teatro El Círculo) en 1979, un año antes de morir, y entre los trescientos benditos que lo vieron, Horacio Vargas recuerda tres cosas impresionantes: la dificultad con la que llegó caminando hasta el piano, casi arrastrándose; las inyecciones de cortisona que le colocaban entre los dedos para poder moverlos, y aún con todo eso, la mejor música que haya escuchado en su vida.
Al día siguiente, en la que en realidad sería la última actuación en vivo de Evans en La Argentina, tocó en el teatro “Rafael Aguiar” de San Nicolás para cincuenta personas. Me lo ha contado el Sr. Carlos Gómez, productor de seguros nicoleño y el poeta rosarino Armando Vites, que lo había escuchado aquí y viajó especialmente al otro día a San Nicolás, para seguirlo. Lo más conmovedor de aquello fue que mientras Evans estaba en el teatro “Aguiar”, en un desván de los camarines encontró un viejo pianito “Chickering” abandonado y sucio debajo de unas telas. El “cacareando” es un pianito infantil norteamericano, que se fabricaba para estudio y precisamente, con uno así Evans había dado sus primeras lecciones en Nueva Jersey. Me cuenta el Sr. Gómez que lo hizo desempolvar y se puso a tocar en él y finalmente se puso a llorar abrazando el pianito. Evans se estaba muriendo y quizá vino a encontrar su pianito de la infancia en un teatro de San Nicolás. La vida tiene esas cosas, está llena de dioses menores, algunos nos ayudan y otros nos envidian y entorpecen nuestra felicidad.
Faltando treinta días para su muerte, el 15 de agosto de 1980, Evans dio su último concierto en Bad Höningen, Alemania. La foto de Bill que trae el disco en su cubierta (Sello ITM, Colección West Wind) es muy elocuente respecto a su salud física, pero la música que trae adentro, es el mejor argumento de su salud musical. El disco está grabado en vivo y nadie que escuche esa grabación puede creer que ése hombre se estuviera muriendo, inexorablemente. Tocó una especie de réquiem a su padre Harry, que se llama “Nos volveremos a encontrar” (We will meet again), que también aparece como tema 4 en el disco “Debes creer en la primavera”.
Son sus últimos discos, pero el vigor, el movimiento, los acordes que tiene, parecen de un hombre que vivirá mil años. Mil años… y quizá así sea, por lo menos respecto a algunos de nosotros que acopiamos sus discos como perlas preciosas tratando de llegar a los doscientos veinte que existen (¡sí!… ¡sí! Bill Evans tiene cerca de 220 discos grabados) y participó en dos de los discos más emblemáticos de la historia del jazz: es el pianista de “Kind of Blue”, el mítico disco absolutamente improvisado, grabado en una larga toma o jam de cinco horas. Hay críticos que coinciden en afirmar que la influencia de Evans fue purificadora y de largo aliento para Miles. Luego, su disco en dúo con Jim Hall, que estuvo durante un año primero en ventas como disco de jazz. Es bueno darle algo de números a aquellos que piensan que gobiernan el mundo.
El tema Uno de aquella última noche en Alemania se llama “Bill toca su melodía” y obviamente, le pertenece. Hay otra versión en el disco en vivo del Balboa Jazz Club en Madrid ( tema 4). Son un par de versiones de entre 6 y 8 minutos, con algunos solos entre vibrantes, sacados y melancólicos, que son unas de sus mejores síntesis o despedida.
Emil Ciorán decía que no quería morir, porque nunca más escucharía las armonías de Mózart (El Libro de las Quimeras, p. 105) y agrega: “Bach compuso desde la nostalgia del paraíso perdido, desde el sentimiento del cielo que se ha perdido. Mózart, en cambio, componía desde el cielo, desde la melancolía propia de los ángeles”.
Cuando uno escucha a Bill Evans, parece música para que escuche Dios. En especial –pienso- para los días que está triste, que deben ser muchos, y eso también parece salir del piano: la pena, los días y el consuelo.
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MARCELO SCALONA
