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Quand tu dors pre de moi

QUAND TU DORS PRE DE MOI
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.cLARO DE MUJER
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———————————-«Cuando tu duermes junto a mí…»
——————————————Francoise Sagan
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Era un hombre que no podía dormir solo. Un hombre o un niño, o el niño de aquél hombre. El caso es que había venido a la consulta por eso. Recién se había separado y no podía dormirse, y peor, según decía, por que se agitaba de tal modo, que la inquietud siguiente al insomnio ni siquiera le permitía ver un film, ponerse a leer o salir a caminar. No podía dormir solo, necesitaba estrechar un cuerpo humano, preferentemente de mujer, decía, y yo pensaba lo más evidente: la madre, claro…
– De ser posible, doctor, que sea bella, de cualquiera de las mil maneras que una mujer puede ser… y si no fuera bella, que no fuera ordinaria o descarada. Si no fuera mucho pedir (como si yo alquilara damas de compañía) que sea discreta, más bien callada, o mejor dicho, contemplativa.
No tenía inconvenientes en ser él quien preparase el desayuno. Completo: café, té, leche, tostadas, manteca, miel y mermelada. Dos almendras (alguna extraña dieta) y el zumo, naranja o pomelo. Ni siquiera le molestaba compartir el cepillo de dientes o tener que tender la cama. La alegría con que se echaba a vivir después del sueño compartido -decía- hacía que en mitad de la colación, a veces sin siquiera haberse lavado la cara, echara un par de polvos sin calcetines o con uno solo, o sin luz todavía, o con la insinuación del alba. La misma mujer era otra, distinta, como él, después de haber dormido en su cama, como si se tratara de una fuente en lugar de un colchón. Entonces -decía- esa quietud de la duplicidad de los cuerpos, inspirada por el sueño, provocaba un movimiento de dicha. ¿Acaso el mundo no comenzó con una tormenta marina invisible en la superficie? El abrazo nocturno produce la comunión de los sueños -decía- y era inevitable al despertar, cumplir el sexo como un ejercicio, subir a un caballo, correr descalzo por la llanura o lavarse los dientes en el río. El amanecer así, era un nacimiento, un alba en el paraíso.
Y cuánta sería la sorpresa de las mujeres, cuando este curioso amante, al final de la noche, en lugar de correrlas a su casa (lo más común) les rogaba que se quedaran a dormir, les contaba cuentos o poemas, las disfrazaba con guirnaldas en el pelo, les cantaba canciones, y si era verano, en la terraza les hacía un paseo por las estrellas en un curioso trineo que en lugar de campanas, estaba ornado con dos copas de champaña.
Las noches que tenía compañía -casi todas- lo pasaba tierno y venturoso como bebé. Bebé con biberón y oso de peluche -la frase, desafortunada, le pertenece-. Provecho, provechito… baladas, estrellas, champán y desayuno con leches en polvos… Las que no tenía compañía, venía a la consulta y yo trataba de que hablásemos de la madre. Pero un día se me adelantó a las preguntas y me dijo que había una canción que lo atormentaba. Una canción y una mujer. Y tanto, que a veces iba con el coche por cualquier parte, la ruta, la ciudad o la montaña y ni bien sonaba esa balada, tenía que detener el coche en la banquina hasta que se apagase la melodía y el llanto.
Pero no paraba ahí, era un delirio místico. Como en su versión grabada de la canción, el intérprete era Ives Montand, y el tema era de una película francesa donde la enamorada era Romy Schneider, pensaba que todo el origen de sus desdichas nocturnas y solitarias, eran por no poder dormir con la actriz. ¿Qué le hacía pensar a este hombre que su medio abrazo asignado al comienzo del mundo, era el de Romy Schneider…? Y él se comportaba como un viudo de memoria, por que Romy había muerto ya, pero él decía tener una especie de memoria de su cuerpo en el abrazo dormido. Y era ese molde el que buscaba todas las noches, en vano, en todas las mujeres.
Luego, una sola cosa vino a confirmarme su locura y su desdicha: la certeza, terrible -dijo- de que Romy también había necesitado su abrazo, el suyo. Que con él jamás hubiera estado sola y de ser necesario, la hubiese acompañado en la muerte voluntaria. Pero juntos, abrazados… «como dos hermanitos hacia la tumba», dijo, y luego me explicaron que eran unos versos de César Vallejo.
En mi afán de comprenderlo o ayudarlo, vi varias veces las películas. Pero tampoco en eso era coherente, por que la pareja de actores y la historia, eran de «Claro de Mujer», y la canción, de «Ámese Brahms». Había mezclado los romances, los elencos y las canciones, y como sucede a menudo, intentaba, desesperado, ponerse al amparo de unas ficciones. Podía imaginarme unas historias de derribos, de aquellos que han perdido sus amores, y justamente, parecen encontrarlo en otro desamparado, por la misma causa. Una historia de insomnes, ausentes, sonámbulos. Supe que fueron las últimas películas que filmó Romy entre sus dos terribles desgracias. No es solamente una actuación o personaje, claro. Es mucho más, ¿cómo decirlo?. Uno siente que ha pasado la última raya y que no va a regresar, y que además, no importa. Y eso le ocurría a mi paciente: el dolor de vivir. Algo tan esencial como invisible, algo que no nos ha sido dado o hemos perdido para siempre. Algo como lo que intentaba entender Katherine Mansfield en el canto de su canario.
Finalmente un día conseguí la grabación, aunque nada cambiaría mi diagnóstico acerca de la neurosis maníaco depresiva. Incurable. Tampoco voy a negar que me produjo una pequeña conmoción, incluso, que un par de veces yendo en el auto y apareciendo la canción en mi estéreo (sin azar), he tenido que detenerme en el cordón o sostener la mirada al volante con los ojos enjuagados. ¿Por qué? Una pena de una ausencia inexplicable, una falta indeterminada como de alguien que no hemos conocido o apenas, y que sin embargo, está o estuvo en nuestro núcleo o debió haber estado. No es sólo una pena de amor. Es más que eso, es algo infinito que se extiende a toda la existencia y que un día, aparece con el canto del canario, y otro día con la voz de Ives Montand o el rostro de Romy Schneider. Una ausencia metafísica, quizá de nacimiento, de estructura, una falta sin remedio de aquello que se ha perdido y no podemos sino simular o mitigar con el sueño, la poesía o el amor. Supongo que llamarle «dolor de vivir» está bien.
La canción «Cuando duermes junto a mí», está inspirada en una sinfonía de Johannes Brahms. Eso explica cierta eternidad en la melodía, los tonos, su cadencia. La letra es un poema de Francoise Sagan y fue hecha para la película «Ámese Brahms». Escuchándola, es imposible no sentir ganas de dormirse con alguien. Apretarse contra el cuerpo de alguien, y en el abrazo, esconderse de todos los terrores de una vida tan hermosa como precaria. Quizá fuera así el abrazo de Romy Schneider o el que ella se fue buscando. O el que a todos nos falta alguna noche o hemos negado. Un abrazo para dormirse. Para siempre.
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del libro COMPOSTURA DE MUÑECAS,
Ed. Homo Sapiens, 2003