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30 BILLETES CON LA CARA DE FRANKLIN
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Habían dicho camioneta, pero llegaron en un camión grande, un Mercedes 1114, que aumentó mi temor, mis dudas. Un camión de agricultores, tenía en el remolque restos de granos y hojas verdes; peones de estancia, dijeron, de Arminda, Villa Amelia, Coronel Domínguez. Una grupa de seis o siete muchachones tan ruidosos como educados. Los conducía el capataz, mayor, mejor vestido; con él era el negocio. Los peones, fuertes, felices, algunos tatuados pero como son ahora, conservando el color rosado en las mejillas pero con IPods, Whatsapp y cerveza disimulada en un botellón plástico de gaseosa.
Yo y Oscar estábamos tranquilos, todo era rápido, simple, pactado, necesario, oportuno. La única aprehensión era el tamaño del transporte. Se hizo todo con la velocidad y destreza de un comando Seals. Con alegría (ellos), los pibes, parecían scouts benditos del campo de soja. Desarmaron eficaces, mesas, camas, placares, con una parafernalia de herramientas, luces, inclinaciones.
Allí (recién, entonces), me di cuenta que no era tan simple como habíamos pensado: un negocio de venta de muebles. Una compraventa. Eran casi todos los muebles de nuestra vida de infancia, adolescencia, de la casa familiar. Y mientras ellos trabajaban en embalarlos la acción nos distrajo, no pareció tanto, pero cuando empezaron a vaciar las piezas, a sacar las cosas por las puertas, de pronto se me hizo el flash, el collage, el racconto de los años: los cuadernos “Mis Apuntes”, la escarlatina, las noches de insomnio esperando el cadáver de Gustavo (pasado mañana se cumplen 40 años), las camisetas de fútbol, mis padres negociando con los Reyes Magos, las bombas de alquitrán a mi viejo, insobornable; los cabecitas negras de Manuelita subiendo por Ayolas hasta San Martín, festejando la vuelta del mago. Los primeros besos en el zaguán, los balazos cuando mataron a Vaschetti, la pelopincho en la terraza, y la luz otoñal del pasillo aquel día que vi a mi padre desnudo y mojado al aguacero, cediendo el lado de la pared a todos. Y haberlo escrito, ahí mismo, en ese instante, donde al fin y al cabo, comenzó este mismo relato de ahora. Uno solo.
Cuando volví a los compradores, fue curioso ver la cantidad de mantas y frazadas que traían para arropar tanto vacío. Cristales, espejos, copas, que algún día, reflejarán al infinito nuestros días de Viterbos-Scalona, en algún sótano de una estancia de Villa Amelia.
Cuando se hubo cargado todo, se hizo un papel a mano alzada y el pago. El capataz preguntó si podía pagar en dólares. Ningún problema, mi hermano hizo el cálculo. Se los tomamos a 13,50 y juro que la cuenta dio tres mil dólares exactos. El capataz sacó un fajo gordo como dos lechones y entre pulgar y saliva, separó treinta billetes verdes con la cara de Franklin. Juro que eran 30, ni siquiera moneda argentina. O sí. No sé.
No pude evitar el pensar que 80 años atrás, mi madre debió escapar de la hambruna de la década infame en el campo, porque su padre (mi abuelo José), peón rural en la zona de Los Cardos (una planta llena de espinas), murió de tétano cuando ella tenía cinco años. Los muebles de esa niña que fue la rosa del cardal, están volviendo donde siempre regresan: al patrón, al dueño del campo, de la estancia, de aquella de la que debió huir la abuela María con siete niños huérfanos y edades entre dos y quince años.
Ya iba saliendo el capataz por la puerta del garaje y dio un apretón de manos franco, enérgico, auténtico. Preguntó si venderíamos otras cinco o seis reliquias que entrevió y ahí casi le doy un empujón de bronca, pero mi hermano, más cortés o tranquilo, se puso en medio y levemente lo palmeó para sacarlo a la vereda. Los muchachones estaban exultantes como cuando nosotros (de pibes) volvíamos de jugar de la cancha de Central Córdoba en el jeep de Bernardo Frontera.
Entonces me pareció que del Samsung Galaxy de uno de los peones salía un ringtones del tipo Buggs Bunny, y vi que mi hermano estaba en mitad de la vereda de calle Ayolas con los 30 billetes con la cara de Franklin en la mano. El estupor ni siquiera lo había dejado meterlos en el bolsillo. Perplejos, con los ojos enrojecidos, robados, nos metimos en la casa y cuando cerramos la puerta ninguno de los dos se atrevió a mirarse.
Nada hace más ruido que el silencio de la congoja, pero yo enseguida busqué un atajo, una figura de lo neutro, Barthes: el humor que sale de la trivialidad unida al espanto y aún con el reverbero del ringtones de Buggs Bunny, prendí la cafetera eléctrica y dije: “Esto ha sido todo, amigos”.
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M a r c e