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Mejilla

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MEJILLA

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A menudo piensa que los besos en la boca están sobrevalorados. Como todo lo obvio. No los detrae, claro. Es un hombre físico, apasionado, con excelentes capilares sanguíneos (tiene estudios médicos, análisis). Un hombre lúbrico hasta en el apretón de manos. En una época, incluso, tuvo dificultades (cierto que una sola vez) por el exceso de saliva en los besos. Ahora, en cambio, cree en lo obtuso, en que la lengua no es para todos los besos, como tampoco es para todas las palabras.
Y él mismo se sorprende diciendo que le parece mentira que en algún momento, los que más se aman, se besan mejor en las mejillas. Que cuanto más enamorados, desean, sobre todo, un beso en la mejilla. Porque sólo así sienten la ternura al límite, el aliento profundo, la agonía amorosa. En el roce, en la proximidad, en el velo que hacen los cabellos al correrlos buscando el pómulo, el carrillo de huesos finos. Y en ese olor detrás de las orejas y la humedad firme en la piel dolorida o deseante; en el murmullo del labio que se abre sobre la superficie del terciopelo rosado y declina o sorbe, la peca, los lunares… ¡Ay, los lunares…!
¡Qué raro, no…! ¡Andá a contar esto en la Mesa de los Galanes! Pero él lo sabe: hay un beso más arrobador que los que se dan en la boca. Tienen un solo inconveniente, sólo saben darlo y gozar, los que están enamorados. Y peor, correspondidos. Un beso en la boca lo da cualquiera. Un beso en la lengua, hasta tiene tarifa. Pero el beso en la mejilla enamorada puede tener una carga de ternura implícita con efecto prolongado. Devastador, inolvidable, infinito. Como una Quimio. Lo último a veces te salva. Pero hay que llegar hasta ahí… no cualquiera…
Hay todo un mundo entre el mentón, la oreja, el nacimiento del cabello, la parte superior del cuello, la melena, las sienes. Hay tanto para besar en un cachete. El beso en la mejilla es la preparación de una interminable caricia y el verdadero clímax es acabar cara con cara, jeta a jeta, dolorida (si no estaba bien afeitado), caliente pegote; oler ese sudor apenas cítrico, apenas dulce, apenas…
En ese caso, el más milagroso de los finales era terminar mejilla a mejilla, acostados ya, antes o después de lo más obvio. Entonces, él solía preferir ponerse detrás de la mejilla de ella. Porque de ahí le quedaba a su merced la espalda, donde ella tenía muchos lunares. La luna. ¡Ay, sus lunares…!
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M a r c e