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EL PORTADOR, fragmento

Marce Portador altillo

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EL PORTADOR

(fragmento p. 129-136, cap. 8)

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La Patricia, dijo Pucho, tiene que acompañarte. Y la chica no era tonta, ya había agarrado el estéreo, las llaves y el teléfono. Le colgaba una carterita al tono donde guardó un revólver. Me indicó el arma con ademán imperativo y para demostrar carácter. No me asustaba, nunca podía asustarme una criatura pintada como un payaso. Pero no tenía alternativa, así que por lo menos pedí que se corrigiera el maquillaje. Le di las quejas a Pucho. Me parecía obvio que la policía nos iba a agarrar en quince minutos. O por el BM Roadster (como el de James Bond en Goldeneye), o por la chica, algo me decía que los dos eran muy famosos. Dejé aclarado que yo no respondería por la vida ni el silencio de mi acompañante, y entonces no supe bien cómo nombrarla, si Aldo o Patricia. Si todavía cuando arrancamos, ella me dijo algo más increíble al oído: – …decime Pamela.
Alguien les había hecho creer que yo tenía agallas o era curtido en las peleas: con una mezcla de pudor y orgullo me dieron a elegir entre varias armas. Yo no sabía manejar ninguna, y vaya a saber si por las películas, o los juegos de chico, me pareció más simple un revólver, de puño breve, caño corto, tambor rebatible, seis balas, calibre 38. Pucho me enseñó el seguro y dudó si sería suficiente, si no prefería una pistola de diez tiros, dijo, algo automático, de nueve, o de once veinticinco.
La verdad nunca dicha, es que pensé que con una pistola así, me iba a matar solo. No sé… yo sabía llevar un revólver debajo el asiento del auto, pero era para completar el Goldeneye, no para disparar. Haría veinte años que no tiraba, de adolescente, cuando cazaba algún pato o perdices con una escopetita del doce. Me acordaba el día exacto en que había renunciado a las explosiones, en la laguna de Monte, mientras tirábamos a los pájaros. No había a quién tirarle, una tarde. Ofendido, sin botín de caza, pasó lo más común, cuando el odio se sacia con la sangre inocente. Apareció una paloma que iba y venía del bosque al nido. Yo no vi los pichones. No los vi… no hubiera tirado; no soy tonto, soy triste, pero a veces llegan al mismo sitio. La paloma llena de perdigonadas, ni siquiera podía completarse para trofeo. Un pudor o una torpeza que siempre me dejaron huérfano en los duelos. Y ahora mismo, no había hecho el primer disparo y ya me faltaban dos falanges. Y el año que yo dejé de tirar, empezaron a tirar todos.
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Pamela no tenía inhibiciones. Quedó bien claro cuando quiso manejar el BM y le dije que de ninguna manera. Que yo era tolerante en todo, pero siempre había un límite. En mi caso, dije, nunca había comprendido por qué designio, azar o bendición, una mujer que conduce un auto, llega a destino.
La chica no era tonta, dijo que ella había aprendido a manejar a los once, cuando todavía no estaba definida y se llamaba Aldo. Por lo demás, dijo que era una lástima que yo fuera tan estirado y machista, un cavernícola, dijo: – …que la mujer no maneje, que no se pinte, una lástima, hubiéramos podido divertirnos- y se me colgó del hombro izquierdo, del mismo lado que tenía un pañuelo que me hacía un cabestrillo hasta la muñeca donde terminaba el vendaje de la mano. Me gustó el abrazo y más el perfume, fuerte y dulce. Se sentía tan fresca, tan sana, tan sin pose ni mentira. Esa cosa indefinida la hacía parecer un efebo. Y era bonita, los rasgos de niño que le quedaban eran suaves y no se le habían deformado con el crecimiento. ¿Cómo decirlo…? Un niñoniña, como esos angelitos vacilantes de Bouguereau, pero en el cambalache y cuanto más pasaba el tiempo me parecía una muchachita: porque en ningún momento su aspecto representaba el marica o el travesti. Había algo ambiguo, pero en el sentido que todos tenemos. Era una niña, una jovencita con cierto aire varonil, pero de antes, de haber sido un niño en otra vida que ya había evolucionado hasta convertirse en una mujer.
Y tan así, que puesta al volante y con los ejercicios que tenía que hacer con las piernas, para los frenos, embrague y todo eso, dejaba lucir unos muslos estupendos, largos, ágiles y macizos, pero no con la esfinge del deportista, del varón de gimnasio, sino con la forma suave y redonda de las mujeres. La verdad es que me bastó un viaje de diez cuadras para convencerme de que ella era lo más apropiado para conducir mi auto, incluso, vestida de leopardo.
Dijo que le gustaba la cabina con más espacio, y en mitad de la marcha corrió hacia atrás el asiento del conductor. Lo hacía adrede, sobreactuaba las piernas al conducir para liberar una bombachita blanca de encaje que asomaba del leopardo como un aliado invitando a la trinchera. Y se reía de todo, de las esquinas, de los peatones, de los imprudentes y de los veloces. Yo hubiera puteado a más de cinco en el trayecto, pero se ve que la vida debajo de los puentes era otra cosa y empecé a sentirme relajado, dichoso de compartir su risa y tararear un estribillo que salía del estéreo, que por cierto, no era de Bill Evans sino de Calamaro. Si el viaje hubiera durado un día entero y fuera el último, hubiera estado satisfecho. Me hubiera enamorado rápido, ya veríamos si era recíproco, si era mujer o varón. Lo que importaba era la ausencia de poses. Ella daba ese tipo y ya casi le iba a sugerir algo cuando sin querer me toqué el revólver, me vi el semblante turbio en el espejo y más allá un auto negro, sin patente, que nos venía siguiendo. Nos siguen, dije, y torpemente quité el seguro del Smith and Wesson.
– Son nuestros -dijo la chica-. Es un Ala Uno, un protector, por las dudas. Los móviles nuestros se llaman Ala, ¿no leíste las instrucciones? Los de color negro, son Uno. Son los mejores, mejor auto y mejor gente. Los azules son Dos, los rojos son Tres y así sucesivamente.
– ¿Y cuántos colores tienen?
– No sé bien, yo conozco los colores primarios nomás, pero sé que hay mezclas. Se ve que el Portador te aprecia, porque los Ala Uno no salen para nadie. A lo sumo van con la madre o el santo.
– ¿Quién es el santo?
– No sé bien, otros compañeros lo nombran con unción y misterio, pero no sé quién es. Es un protector de Furlet, alguien importante que lo guía. La leyenda dice que el santo lo bautizó.
– ¿Por qué le dicen el Portador?
– Por la pija; los más elementales lo dicen por el miembro, que lo tiene como un brazo, un miembro haitiano. Dicen que le creció culeando canas en la Jefatura. Pero bueno, es grande… sí, te impresiona verla dormida y amasarla. Pero no es el tamaño, las cosas hay que saber usarlas. Lo que vale es el oficio.
Y mientras lo decía, su mano hizo un roce desde la palanca de cambios a mi bragueta que venía levantando. Cada vez que agarraba la cabeza redonda de la palanca, la suavidad y la malicia de los dedos me rozaban el glande. Empezó a contarme una historia acerca del estilo, esa cosa remanida de que el tamaño no es importante. Ustedes disculpen si no soy textual en este punto, la situación era precipitada, yo había perdido mucha sangre y estaba a punto de perder cuatrocientas calorías. Pamela dijo: – Una de mis maestras en el oficio, la Farah Diva, un día se cansó de que la cana nos cogiera gratis y mató al Jefe de Robos y Hurtos con un balín del 22, ¿qué te parece? Hay que saber usar un fierro para embocar un monstruo de dos metros con un revolvito así… Pobrecita, la Farah, después dijeron que se había ahorcado en la celda, con el cinto. Psé… jamás usó pantalones. Pero gracias a ella, nosotras nos dignificamos. Y no fue el tamaño, ¿entendés?, fue el estilo. Desde entonces, la cana cobra en dinero su parte. Y si quieren coger, pagan con guita. Hijos de puta, algún día van a pagar hasta las pizzas.
Ya veo, dije, y guardé silencio mientras aseguraba otra vez el arma. La aseguraba de mí, porque estaba inquieto, porque yo no le hubiera embocado al policía ni con un lanzallamas. No era difícil imaginar la identidad del santo y su domicilio, a esta altura de las sorpresas, no me hubiera asombrado que en el convento de los Capuchinos hubiese una baticueva. Más extraño era que la chica hablara con estos modos de autodidacta, de leída, de informada. Era seguro que no había ido a la escuela y acababa de nombrar a su maestra en la vida. ¿Cómo podía entonces una chica leopardo, pintada como payaso, analizar conductas y augurar que el policía que coimea la pizza era un tipo antropológico caduco?
Acaso ella tuviera en la amueblada otra biblioteca infinita como la de Furlet. Acaso Furlet le diera las clases y por eso le decían el maestro o acaso fuera lugarteniente del hombre al que llamaban comandante. Acaso fuese su novia o su amor o su trola y de escucharle todo el tiempo le habían quedado esos latiguillos. O acaso fuese la esperanza, la mía, que necesitaba creer en algo. O la de todos, incluido el santo, que quién sabe por qué designio, bendición o azar, nos había reunido en este ejército de locos, enclenque, impreciso. Y quién sabe lo que era, si un designio, una bendición o un azar de llanto.
A mí me bastaba con la bandera blanca de encaje. Ni celeste ni blanca, ni siquiera un banderín bocarriver… otra clase de literatura le había dicho a Furlet. La bandera, para mí, eran las tres capas sociales anquilosadas en un corsé de hierro, el de las armas de los milicos que garantizaba la torre. Una clase sobre otra; la alta sobre el medio, y todo sobre los negros. La bandera representaba ese orden, una temporada de hambre y frío para los de abajo. Eso era la guerra. Y siempre había sido, por eso no me interesaba y se lo había dicho. Ninguna bandera, salvo ésta, la de puntillas, femenina, sudada por el deseo. Yo lo sabía en carne propia, había salvado mi vida con lencería de jovencitas y la fórmula no estaba en los libros, me lo había enseñado un ujier, un repuestero de motos y las masajistas de Vinuesa. Eso, y la vereda del sol. Y el BM. Y la bandera blanca de encaje.
La duda era qué habría detrás de la bandera, porque la chica se llamaba Aldo y la mano era más rápida que la cabeza. Yo sabía que tenía que aguantar, pero el cuerpo está hecho de otra cosa. ¿Y si era mina de Furlet? ¿O del novio de Furlet? ¡Quién podía saber nada entre estos tipos!
Por mirarte estoy accidentado, tengo miedo de no recuperar… decía la canción de Calamaro que salía del estéreo argentino compatible. Yo tarareaba y hacía teclados en el tablero de cuerina, golpeteaba con la mano entera y pensaba en qué charco estarían el anular y el dedo medio de la mano izquierda. Ya no podría tocar el piano como Evans. El rabillo del ojo me devolvía la felicidad, de costado veía flamear la insignia nacional del ejército del Portador, Pamela se subía cada vez más la pollera de leopardo y yo cada vez más alto en el mástil.
Por la avenida costanera había un nudo de tránsito, un mar de conductores en fila o domingueros de los que acatan todas las señales. El paseo Colón estaba infestado de patrulleros, así que la chica pegó un volantazo y subió por México hasta Defensa y por allí con dos esguinces hasta Bolívar y Perú. Su pericia al volante me recordó su nombre de pila, de antes: Aldo. Y para festejar su hazaña conductiva terminó de levantarse la mini con la mano y entramos al Parque Lezama en hurra, volando, a fondo.
Paró en un kiosco por cigarros, cervezas y otras cosas. Cuando el Ala Uno se acercó a ver qué pasaba, Pamela les sacó la lengua, se la pasó húmeda y carnosa por los labios y la metió para adentro, contra la pared de la boca semejando una fellatio.
Tiró en el asiento un pack de seis latas de cerveza, tenía un cigarro prendido en la boca y no sé bien con qué mano se preparó un saque. Aspiró la pala, largó el humo y puso primera. Se vio de nuevo la punta de la insignia de encaje que a causa del sudor iba perdiendo el blanco inmaculado. Todos los olores conducían a la embriaguez: lúpulo, tabaco, Chanel y los fluidos de los cuerpos. Y la imaginación, que todo lo exagera. ¡Vaya a saber cuántos éramos en la cabina del auto…! Yo contaba por lo menos tres cuerpos sudorosos que ya no podían evitar el roce: el mío, el del Aldo y el de Pamela. La próxima vez que me tocara le saltaría. Y así fui en busca de la bandera blanca, como la mayoría de los héroes, por impulso, por instinto, por estar ahí. ¿Acaso una batalla no es una orgía? La chica hablaba sin pausa, ustedes disculpen si no soy textual, es que las últimas frases coincidieron con la ruta del cierrefácil a todo lo largo del leopardo sintético, un vestidito de la casa Etam. Le quedó solamente la bandera blanca. Y las palabras. Pueden faltar algunas, pero dijo más o menos así: -Para los elementales, la visión santa es la forma, el tamaño, la fuerza, las proporciones …aunque los deformes tienen lo suyo. El hombre es primitivo, ciego, hay que buscar con las manos, la boca, el pelo. El fuego brota de las fricciones. Los tesoros se guardan en huecos pequeños y lo más hermoso es la ilusión de poder abrirlos. Con llave, con fuerza o con jugos y modos de seda. Hay agujeros que se niegan al principio y puertas que rechinan, para eso se inventaron los aceites y las sorpresas. Empezará como un hurto y acabará en un saqueo.
De ahí en adelante puedo acordarme de los gestos, no de las palabras. Si esto era una religión, yo entraba y salía del arca, mete y saca. No podía parar de quemar, de romper la bombacha, de echar simiente, la más poderosa, del deseo, blanca, espesa, abundante. Como una hostia, aunque cayera afuera de la boca, en la cara, o sobre el asiento del BM, de un cuero de unas vacas criadas en Escocia, sin alambrado de púas. Pero la violencia es inevitable cuando hay tanto deseo y poco espacio. No acertaba a saber con qué mano o cómo sacar el último encaje. La chica no me dejaba romperla ni hubiera podido, como hacen en las películas. La deslizó suave entre las piernas y mete y saca, esta vez una lluvia de fuego, de sangre y hacia adentro, dio una vuelta imaginaria y saltó por el torrente de su lengua, las tetas y las manos. Por fin saltó su lluvia blanca, afuera, a mi boca, la cara y al asiento cuerovaca de Escocia.
Mi mano más próxima era la mutilada, pero el deseo se extendía hasta las partes ausentes. Se dice que los mutilados conservan la sensibilidad de los miembros que faltan, así como hay quienes los tienen y no sienten nada. Me quité el pañuelo que me sostenía la armadura de los vendajes. El dedo medio que faltaba era útil para lo que quería hacer, tarea específica de esa falange. Como un cyber me ayudé con las gasas, las tablillas de torniquete y todo lo que componía ese muñón consolante. Consolante para ella, que emitía gemidos dulces, suaves y estudiados. Abrió esa boca inmensa, tenía unos dientes blanquísimos y la lengua me transmitió una energía, una fuerza y un deseo que solo podía atribuir a la vida salvaje de abajo de los puentes.
Salió todo de adentro mío y sin embargo aún me faltaba entrar, meterme en su cuerpo. Recién allí sería completo para los dos. Carne y carne o comunión decía. La comunión de los santos y otras cuatrocientas calorías. Para los dos, porque ella también era el Aldo. Yo sentí que llegaba la delicia de la gloria, un éxtasis irrefrenable y ningún santo podría negarse. Se puso como perrito, apreté las nalgas, la resistencia decía que eran de dieciocho, mojé con saliva y preparé el hueco: mete y saca y atrás y adelante. Me puse loco cuando sentí que se venía, que gritaba sin estudio, sin pose, que gozaba. Dejamos el chorro adentro, tirarlo afuera es un cálculo. Ni el lugar ni la hora. Entonces ella gritaba: -…dale, dale, dale …sí, sí, loco, loco, loco- y empezaron a abrirse puertas y ventanas de todo el vecindario. ¡Quién diría…! Yo acababa de hacerme coleccionista de los discos de Calamaro.
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Marcelo Scalona