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Música para el final de una película *

Carta 7 -3-

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MÚSICA PARA EL FINAL DE UNA PELÍCULA  *

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Ella es pelirroja. Él no.

Ella es alta. Él no.

Ella habla perfecto inglés.

Él apenas mejor que Cavallo.

Ella es melómana

y si no se mareara tanto en la ruta

o hubiera tomado el Dramamine

podría tararear la última copla

que cantó Yupanqui en Cerro Colorado,

o la versión de “Hurt” de Johnny Cash

o hacer un estudio comparativo

entre Pink Martini y Mamita Peyote.

Pero se olvidó el comprimido

y algo impredecible se le expande.

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Él tiene comprimido en un I-Pod

los 220 discos de Bill Evans.

Es más obvio, repetido

pero al oírlo en la llanura

algo se expande

como aquella melodía intraducible

de Borges que nunca termina

de decir la pampa.

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A los dos les gusta el frío,

Idea Vilariño y el viento

que sopla esa tarde en las calles

de tierra de Acebal o Uranga.

A los dos les gusta el café con leche.

Eso ya lo dije, en otro poema

aunque no haría falta.

Va de suyo, cuando lo obvio

es lo obtuso.

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Él nació el 21, ella el 22

y sólo espero que ahora, él

no empiece otra vez con la cantinela

del soneto 22 de Shakespeare.

No de nuevo.

No esta vez.

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Y se contiene, por fin

algo está funcionando de nuevo

respira, sigue respirando

“keep breathing…” sale del estéreo

Radiohead,

“Música para el final de una película”,

Romeo y Julieta.

El final de los créditos. El final.

Ella traduce.

Él respira como aquel

niño anfibio que jugaba

a durar bajo el agua.

Keep breathing.

Su tema favorito.

De los dos.

Otra coincidencia.

Y en Bigand

cae el cidí de Idea,

los 75 poemas de Onetti,

la voz suplicante con las mil

maneras de morir de amor. 

De matar.

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Los lentes de sol ayudan al disimulo,

el cauce húmedo y leve del párpado.

El de él, en el poema 4:

“Escribo, pienso, leo”.

El de ella, en “Carta 3”.

Vilariño te asesina.

¡Qué carajo podés hacer con un Dramamine…!

Tenía la misma voz de mi abuela, dice ella.

Yo la conocí, dice él.

Uno pone la voz

otro el cuerpo

y se dan el primer beso.

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En el centro de Bigand,

para cuando suena lo más triste:

“Ya no”,

parecen felices.

Empiezan a hablar de literatura

de registros, de estilos,

formas

de demorar el segundo beso.

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Él piensa una cosa estúpida

y otra más seria.

Piensa si hará o no la prueba

en el bidet con la pincita de depilar.

Si será cierto. Si será cierto

que esta mujer dulce

con la cabellera de leños

de la mujer de Bretón

y el silencio justo entre frases

que parecen aforismos

aunque hace pis en todos los pueblos,

aunque necesita urgente un Reliverán,

se quedará con él

las tres noches que necesita un muerto

para volver a ser feliz.

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Ella lo ha sacado del agua o a la ruta

(lo mismo) y le ha jurado

que en “Esta tarde vi llover”,

la versión Evans de Manzanero,

no va a irse, porque

está pensando lo mismo.

Una cosa tonta y otra más seria.

Cuánto será él de pequeño

y qué significan tres noches.

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Pasan el peaje de Coronel Domínguez

pasan la curva larga de Pavón Arriba

y entra “Take this waltz” al estéreo:

“Toma este vals”, de Lorca

por Leonard Cohen.

Cuando se miran

la luz del ocaso los ha vuelto perfiles

sombras,

por las dudas

-no sea que la oscuridad se lleve el sueño-

se toman de las manos

fuerte

por primera vez en la vida.

 

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                                          Marce    

 

 

canción de Thom Yorke  (Radiohead)