Llueve mucho en esta época del año: el otoño cumple su destino de matar al verano y arrastrarlo a la otra orilla del mundo. . El otoño es un corazón solitario. Se lo pasa bebiendo esplín los sábados a la tarde para darse coraje y seguir buscando los colores del crepúsculo: una quincena todavía para saturar de bermellón el ocaso. . Abril será el mejor refugio de las palabras. Tiene algo de irreal el paisaje. Una luz desleída la vigilia una duermevela, un intervalo cuando cesa la fiebre o el instante en que la música se vuelve un rayo y descubre los rincones. . El otoño es un pecho desnudo, un par de piernas largas una boca de arroyo chocolate que desbordaba las comisuras de ella en el cine matinée. Viento y agua en la salida correr al auto emblema repetido de la contingencia. A menudo en el resuello del estío pervivía una furia asesina y él la abrazaba de arrebol como las hojas a merced del chubasco. . Los poetas descubren primero el otoño. Mucho antes que el meteorólogo. Un estado de ánimo el flâneur de la pena. Linneo, por ejemplo, empezó con pistilos y corolas y acabó escribiendo poemas en las hojas descartadas de los experimentos. . Un flash: la mirada inventa el amarillo. La creación del naranja y el sur de Francia recién pudieron completarse con los ojos incendiados de Van Gogh. Y a ese aire opresivo que palidece el ocre él podría oponerle unas lilas y su silla de paja en la vereda con la ayuda de Gauguin y los vecinos, un pomo de agua, la serpentina cientos de máscaras al corcho quemado. El corso terminaría en esas tres calles que bajan al río remedando el Montmartre: Maipú, Urquiza, Laprida. . Suelo imaginar la murga calle abajo sin ton ni son como agua va un paseante hacia el río sin alzar la vista a mi ventana donde estoy escribiendo que todo pende de una hebra de luz tinta saliva. . Más atrás va una parejita haciendo un round de reproches. Ella está cansada de que él se desviva por una tal Lucrecia. Él porfía que es rubia auténtica y su preocupación fraterna huele a descaro. Después pasa un cortejo de una mujer sola que desciende Laprida con una lágrima bajo mi ventana que ella no ve por los párpados pesados. ¿Puedo compartir su dolor? ¿Hace falta agregarle una pena al otoño? Agita la cabeza incrédula se cubre el rostro con las manos y lanza un hipo convulsivo. Alguien ha muerto en sus brazos para siempre. El otoño es cansado regreso del año de la ilusoria del viaje infinito. El río es un caballo de crines de espuma al vaivén original de la mar. La vista del horizonte devuelve el espíritu y otra vez calle arriba, el paseante, el mismo, sube despreocupado y la mujer vuelve llorando. Pero ya no es la misma. ¿Acaso será Lucrecia? El otoño prefiere hacer lo que más sabe: llover y que otros lo escriban. . El río está inmóvil como si él nos mirara captura el perfume y me apresuro a cerrar los postigos. Trato de paladear la fragancia porque la noche será larga y el lunes, muy lejano. ¡El último tren del estío! -vocea el guarda- ¡Se va, se va el verdor…! – Favor, señores pasajeros: apearse. Última llamada. . El andén se vacía vuelvo a quedar solo y parece que nunca tengo el boleto adecuado. Espero un tren que ha partido recojo del piso tickets perforados y garabateo en el dorso unas epístolas. . Me queda el viaje de las cartas. Le cuento a la primavera cómo es el otoño. Como un hombre ordinario escribo, anónimo: un hombre que a menudo ya no soporta que le agreguen otra pena. . . Marce. . De mi libro MAPA, Ed. Alción, 2013
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LA LLUVIA
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Hasta que pare, dijo.
Lloverá hasta que pare
apretado y húmedo
en el umbral del bar,
debajo del alero, todavía
no temblaba, había un resuello
del verano y el …
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AHÍ
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Nunca nadie
olvida
a sus hijos muertos.
La ley
indulta o castiga
el amor
es todo recuerdo.
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Perdona el cura
a los homicidas
la ley
bendice su espada
yo estaré siempre
con los que reclaman
aparición con vida.
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Hasta …