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El Rey del Lido

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EL REY DEL LIDO
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1. Esteban tenía siete años cuando supo cómo era la vida. Era un día de lluvia y miraba a la calle por la ventana de su casa de infancia. Llamó su atención que los peatones con paraguas e impermeables no cedieran el lado de la pared a los otros, desprotegidos o inermes. Se quedó pensando un rato, y entonces apareció su padre por la vereda del bar El Lido, mojado y desnudo al aguacero cediendo el lado de la pared a todos. Esteban se puso a llorar, y esa noche, antes de dormirse, como si fuera una condena o un tesoro, lo escribió en secreto en la última hoja del cuaderno de tareas. Aquellos cuadernos Rivadavia de tapas de hule. Una cursiva gorda, segura y amable sobre los renglones. Una grieta dichosa y fatal. La escritura es el único juguete de la infancia que le dura.
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2. En 1998, aquel niño ya era el doctor Esteban Pereda, un prolijo cirujano del estómago que todas las mañanas hacía un recorrido casi directo, desde el Saladillo hasta el Hospital Italiano, en el sur de la ciudad. En un viaje sin curvas, por calle Buenos Aires venía desde Avenida Lucero hasta Rueda, giraba a la izquierda y casi todos los días debía frenar el coche en el semáforo de calle San Martín. Ese lunes, era una bella mañana de primavera que él conocía desde el alba, porque a las cinco en punto lo fulminaba el insomnio, cierta inquietud por la agenda del quirófano, cargada de intervenciones difíciles.
Al repaso de esas duras batallas con la sangre, esperando la luz verde, bajó la ventanilla de su lado para aspirar la fragancia de los árboles de los jardines de la Gendarmería. Y ahí pasó todo. En un instante, pasó uno de esos fenómenos donde lo cotidiano roza la maravilla, donde un acto pueril se convierte en una epifanía. Esteban vio que otro auto había estacionado junto al suyo, esperando la misma luz de paso. Su conductor era un anciano venerable, tranquilo, que no tenía huellas de insomnio ni de haber perdido la batalla contra el paso del tiempo. Un anciano a bordo de una especie de lancha extinta o ballena brillante. ¿Cómo llamarían ustedes a un Valiant 4, modelo ’67, con todos los afeites originales?
La mirada del cirujano es veloz y certera. Curiosa, exhaustiva y de pronto, se vuelve un éxtasis, un hechizo. Pero de un modo tan turbado, que sin un sentido aparente, el doctor Pereda se conmovió. Pero no de pena, ni siquiera una bruma dolorida. No. Más bien como una lágrima de mucha lucidez abotagada. Otra cosa, como una gratitud o una dicha difusa, lo más parecido al fulgor del niño en la ceremonia.
Cuando se puso la luz verde, el anciano retomó su marcha por avenida San Martín hacia Gaboto, a estacionarse frente al bar El Lido. Esteban modificó su recorrido habitual de calle Gálvez, para seguirlo. Como si hubiera recibido un llamado. Desasido, con una calma de esas que sólo conseguía después de muchas copas o pastillas. Veneración, podría ser la palabra. Una devoción instantánea por un hombre con un Valiant o por un viejo mandamás de la mesa principal de El Lido; un anciano distinguido, pero al mismo tiempo en declive. Vacilante, como él, en ese momento en que le ha pegado un rayo de clarividencia. Un instante donde sintió el peso de un otro igual y futuro, con sus amores, sus crímenes, sus olvidos.
Parece mentira que a veces ya no se pueda reconocer ni a uno mismo. Ni el momento, ni el lugar, apenas las luces del semáforo o el vencimiento de tantos controles o cuentas absurdas. Y fue entonces que sucedió: cuando el anciano se volvió para asegurarse de que había cerrado la puerta del coche, el grueso cilindro retráctil de hierro de la manija dio el campanazo. La fisura. Recién ahí Esteban se dio cuenta de que el anciano al que seguía era su padre. De que el hombre al que estaba siguiendo, subyugado, era el hombre del Valiant, el Rey de El Lido. Aquél hombre del que siempre había pensado, desde los siete años, desde el día en que apareció desnudo y mojado al aguacero cediendo el lado de la pared a todos, que si en el mundo hubiera cien más como él (solamente cien hombres así), con esa dignidad, ese tesón y esa alegría, todavía sería un paraíso. Un lugar donde podría uno reconocer a su padre o a su hijo en todos los hombres, y donde él, aún siendo un laborioso contendiente de la sangre, ganando y perdiendo todos los días en el quirófano, podría dormir como un bebé, y acordarse, todas las mañanas en el semáforo de Rueda y San Martín, de bajar la ventanilla del auto y aspirar la fragancia del ciprés, del sauce, del plátano.
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3. El Lido es el típico cafetín discepoliano, patio de recreo de adultos, las bromas del fútbol, el juego clandestino, el amparo del licor. Parada de putas, taxistas, médicos (4 hospitales alrededor), y el público que se renueva todo el tiempo. Abierto 24 hs. Esos bares de terminales, amplia esquina, 3 entradas: bar, comedor, anexos, vereda ancha forrada de plátanos. Lo único en la vida que se pareció a mi vieja…
–¿Conocías a la chica…?
–Sí, era moza del “Kafka”, sabés que es mi casa.
–¿Y qué pasó?
–Me despertaron los gritos, parecía que discutía con alguien. Después me di cuenta que gritaba sola. Me asomé al patio y vi que algo se agitaba en la cornisa del edificio de al lado. De pronto paró de gritar, lo escuché nítidamente, dijo “bueno, basta… ya está”. Y se tiró. Y cuando caía gritaba “cuidado”. Cuidado, varias veces lo dijo. Cuidado. Un grito terrible y después la explosión. Como una bomba. Cayó a mi patio. 14 pisos. 22 años.
–Comete una medialuna.
–No papá, tengo un nudo. El portero dice que había estado discutiendo con el noviecito, anoche. En el paliér. Que había dejado de tomar las pastillas.
–Porqué no te tomás un licor.
–Tengo cirugía, a las nueve.
–Claro. Cuidado…
— Según Lacan, la respuesta está en esa palabra: cuidado.
–¿Lacan es el portero…?
–¡Papá! Lacan es un psicoanalista.
–¿El de la chica…?
–Puf… no, basta viejo. ¿Qué hacés?
Esteban conocía muy bien a su padre, afligido y todo ya estaría pensando en jugar el 14 y el 22 en la nacional del mediodía. En la otra mesa estaba el quinielero y don Umberto le hizo señas, mientras Esteban quedó hablando solo: –No vas a creer papá, lo único que repetía la chica era, cuidado, cuidado, cuidado…
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Marcelo Scalona
suplemento «MÁS», diario LA CAPITAL de Rosario
domingo 4 de abril de 2015