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Todos son nuestros hijos

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TODOS SON NUESTROS HIJOS

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.——————————– a Lisandro y a Rubén
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Mi amigo dijo que ya cuando iba en el aire se dio cuenta que sería grave. Que ya en el aire no sentía las piernas; que no sentía nada en el lugar donde le había pegado el paragolpe. Dijo que no se encontraba la nariz, que se ahogaba y que cuando iba en el aire pensó: ¡Qué extraño, tan excedido de peso y puedo volar como un astronauta en la gravedad cero! Dijo que en el vuelo alcanzó a ver dos cosas: un pastiche sanguinoliento en el pecho y un brillo de la cúpula de la iglesia de María Auxiliadora (el accidente fue en Italia y Salta). Justo él, que es un ateo científico. Dijo que le parecía que se iba a desmayar antes de tocar el piso y que no podría apoyar las manos, porque no las tenía o no le respondían, pero fue una suerte (dijo) que cayera sobre el capót del auto, cuando alcanzó a ver que la conductora iba hablando con el teléfono celular mientras manejaba.
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¿Cómo salvarse ahora de la muerte segura por cruzar una calle céntrica…? ¿Cómo evitar el arma homicida de un automóvil que cruza sin mirar, a 70 Km/h una esquina del microcentro de Rosario…?
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Mientras mi amigo relata su travelling del cordón al cielo, y al piso, me viene el flash de Barthes, asesinado por un furgón de lavandería, en París. Y pienso que Barthes no tenía hijos. En especial, que no tenía una hija pequeña, de un año. Porque mi amigo dice que en el momento del accidente, su hija tenía apenas un año. Y él repetía, en esa elipsis que va de la tierra al cielo (mientras un hombre se convierte en carne picada de automóvil), y en que yo buscaba su nariz y anotaba la patente del homicida, él repetía: -No, no y no… no puedo morirme, decía enojado, furioso. No voy a morirme, dijo. No puedo. No quiero. No ahora. Y sólo pensaba en ella, en su hijita, y que por ella debía seguir vivo. Para hacerse cargo.
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Más tarde encontramos la nariz de mi amigo, sus piernas, los anteojos intactos y no pude evitar pensar que nadie muere en la víspera, y que hay solo dos vísperas en la vida de los escritores (mi amigo es poeta): los hijos y los libros. Nuestros hijos, y el libro que estamos escribiendo al momento de cruzar la calle. Barthes estaba escribiendo «La preparación de la novela», pero le faltaba la mitad de la cobertura. Porque hay dos cosas que son el mejor seguro de vida: tener hijos, amarlos, hacerse cargo (un modo de amar que es como prestar atención cuando se maneja un auto), y escribir (el modo más sutil de saber caer sin pies ni manos). Aún para no poder morirse. Como decía mi amigo, que se salvó por eso. O por ella.
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Y pienso que así como llega el día en que sentimos que todos son nuestros libros, sería hermoso que llegara el día en que viviéramos como si todos fueran nuestros hijos.
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.————————Marce
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8 de abril de 2015