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CUÁNDO NOS VAMOS
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Se escribe –como dice Moritz-
para tantos terneros
que han muerto
en fechas como ésta.
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Martes, 1º de enero de 2013
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Bar Pasaporte, Rosario. Todavía pasarán semanas en que me costará poner el 3 al final de la cifra. Recién mismo, dudé, allí arriba, en el encabezado, al poner la data. Sin embargo, viendo en el mismo anotador Talbot folios de 2011 o 2012 siento algo inmóvil, que permanece, y aunque todo fluye, también pasa en este cuaderno que tiene la osamenta de una barca, un esqueleto por el ancho río de la escritura del devenir, de lo impreciso.
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Martina ya tiene dos años pero el ángel resiste la guarda que se hace volando. Y si papá ha muerto, yo acabo de leer, unas hojas atrás, que está regando sus malvones y que aquí están sus discos de Troilo, y un nudo que le hizo a las mangueras azules para el césped del frente. Y como releo «La luz argentina» de Aira, es sencillo instalarme en una fisura y ver cómo era (es) el amor en la primavera alfonsinista durante una primavera camporista. La escritura es puro devenir buscando lo inacabado, lo creciente, lo incompleto, pero sin embargo. Una mujer deviene mi mujer porque se va. ¿Acaso no es la fuga lo que sostiene el camino?
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¿Y cuándo nos vamos? ¿Cuándo nos vamos…? dice los primeros días de septiembre de 2012. Habitación 109 del sanatorio, él suplica, la última plegaria de un hombre viejo, como un imperativo de Kant: cuándo nos vamos. Como si lo que de verdad quisiera decir es: ¿cuándo vas a escribirlo? El último aliento de la despedida: ¿cuándo nos vamos, cuándo vas a escribirlo? La escritura como el devenir de lo que se ha ido pero no ha muerto. Tantos terneros para una fecha como ésta.
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Marcelo Scalona