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DECÁLOGO DEL ABRAZO CUCHARITA
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1.- Preferentemente que sea otoño o invierno. De no ser así, primavera o verano. Dos o más personas, a poder ser, humanos; pueden ser parientes. En ese caso, no conviene avisar al Papa, podría darles un chirlo. Participantes de cualquier sexo, otro, el mismo, contrario, raro, doble, lo que cuenta es que tenga buen aliento y que al despertarse en la noche, no salude con besos de lengua como si fuera un coker o un caniche desesperado que no coge desde el Génesis. La cucharita es ternura, abrigo, sueño, el tánatos después del eros, bajar a la tumba como dos hermanitos. No va en desmedro del falo ni la leche ni el famoso punto de la letra, ni del incesto, ni de los placeres solitarios, pero la cucharita pide dos personas que se amen (que se hayan extrañado, aunque sea la primera noche), como si hubieran estado dos años en un círculo polar, y no es un maratón, sino más bien un yacer. Jamás tendrá el auspicio de Adidas, pero sí de Gustav Klimt, que siempre le decía a Judith: “para dormir sola, ya tendrás la eternidad”.
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2.- Hasta ahora es gratis, hasta el momento en que se ha secado la tinta de este relato, el abrazo cucharita viene zafando de la voracidad fiscal. Supongo que se debe a que los Ministros y sus esposas duermen en camas separadas. Un beso es un peso y el miserable lo es en todo. No puedo imaginar el beso de lengua de los recaudadores. Quizá les parezca dispendioso, excesivo, inútil. Es gente que guarda toda la saliva para sus discursos de tradición, familia y propiedad.
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3. -No es cierto que para el abrazo cucharita deba hacer un frío de cinco grados bajo cero. Nunca falta (ni en pleno estío) la sensación térmica Pessoa o Woolf, los días malos, el esplín de los domingos, sin contar todas las noches que te busco y rezo: “Dios, Dios, ¿cuándo seremos dos?”. Claro que es preferible algún fresquito, pero también está científicamente comprobado que con ciertas compañías, uno iría abrazado hasta el infierno.
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4. -En este punto sí, la doctrina es pacífica y unánime: ineludible hacerlo en la cama, sofá grande, futón ancho, alfombra llena de almohadas como escena infantil de Lucrecia Martel. O sea, no es por católico ni carpintero, pero hace falta un escenario. Digamos, un mueble. Si es cama de una plaza, mejor; recuerdo una experiencia en el asiento trasero de una Renoleta 4L, modelo 69. Y a propósito de 69, no confundirse, el dibujo del abrazo cucharita es el «66» o el «99», según tamaños. Lo que sí es un disparate, es creer que si se hace de a tres, y el dibujo queda «666», tenga algo que ver con el demonio, el Apocalipsis o el infierno. Insisto con el Papa, y a no ligarse un buen chirlo.
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5. -Mantas, frazadas, colchas, sábanas, el abrazo cucharita tiene algo de cueva o fantasma que sólo se logra con varias capas de telas. Se forma como una especie de empanada o concha (de mar) y la carne o la perla somos nosotros. ¡Sí! Nosotros… vos adentro y yo afuera, después cambiamos. Los dos en el medio, abrazados, informes, caracú, bola de lomo, cuatro patas, doble araña, boca a boca. Los labios del abrazador deben quedar siempre pegados a la oreja del abrazado, para decir esas cosas invenciblemente tontas y poéticas: apócopes, onomatopeyas, apodos, pie grande, pito corto, mano chica, bizca, boba, bichito, Evohé, conchudita. Y ahí empieza la más bella melodía del universo, el susurro, el piropo, el arrullo, la promesa, algo bien procaz entre tanta pureza. Vale todo en la caverna (¡Platón, Platón, qué grande sós!). Pronto, el abrazo cucharita va a ser el único lugar del mundo donde no habrá Gendarmes.
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6. -La cuchara es el abrazador, el que va por afuera y arma con brazos y piernas una especie de hueco, útero, cava, donde entra el abrazado en posición fetal, y sueña envuelto en líquidos amnésicos, gelatinosos y dulces. Primero va uno y después el otro. El que no se deja, es macho o machona alfa. No sirve, gente que busca el porno western, la gimnasia, el maratón de las tres tiras. La cucharita, en cambio, es más fácil que el Kamasutra, tiene solamente dos posiciones: desde la medianoche hasta las dos de la mañana, me toca a mí, abrazarte. De dos a cuatro, te toca a vos. Y así, sucesivamente. La cucharita también se usa para dormirse o para hacer dormir al amado o al amante, incluso al hijo. Hasta conocí el caso de un padre agonizante. A veces no quedan alternativas, cualquiera puede tener un sueño malo y venirse a tu cama, por auxilio. Esa dulce capacidad somnífera de la cucharita desvela a los ingenieros médicos del laboratorio que fabrica todas las variantes de las diazepinas. ¿Se podrá clonar la delicadeza…?
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7. -Está prohibidísimo el televisor, roncar, tener mal aliento, hablar de plata o tener los pies fríos. Ni loco llevar a la cucharita una bolsa de agua caliente. Puede ser alguna musiquita instrumental, casi inaudible, levísima: Satie, Jarret, María Bethania. La luz apagada, desconectar los teléfonos y recordar cómo es la luz de las velas, las sombras chinas y el simple tic tac del dedo al botón. Hablamos de pliegues de carne, vellos, panzas, sobacos, laberintos de orejas y cabellos de ángel.
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8. -Según el acompañante, se deben llevar aprendidos unos cuentos infantiles, boleros de Chavela y varios piropos antiguos y evidentes. Esa vez que me tiraste besos con la mano en la vereda de tu casa y pensaste: “Dios, Dios, ¿cuándo seremos dos?”. El León Pesito o Caperucita son el Nóbel de la cucharita. Nada más sexy que la ternura y la inocencia. El amor es desbaratar el género, hacer un putón de Caperucita y un seductor irresistible del Lobo: la lengua es el continente y para ciertas febrículas del ansia no hay como el jarabe del palo sin hueso.
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9. –La cucharita es la metáfora más romántica de la pareja, siendo que el sueño es como una forma de la muerte, uno siente que aún en la eternidad estará unido al amado, y ya se sabe, los amantes debieran morir juntos, abrazados, y “bajar a la tumba como dos hermanitos” (César Vallejo).
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10. -Eso sí, si usted acostumbra a rezar antes de acostarse, debería hacerlo antes de la cucharita. No va a salirse de un abrazo, en plena madrugada, con cuatro grados en la estufa y ponerse de rodillas a la intemperie, pieza, living o carpa, para hablar con aquél señor barbudo que vive tan lejos, insaciable, harto de no poder hacer la cucharita con nadie. Se lo tiene merecido (el chirlo), quien anda siempre solo, acompañado únicamente de fantasmas.
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