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Una primavera falsa

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UNA PRIMAVERA FALSA
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…………….Cuatro horas, camisón de saliva, a cielo abierto en una primavera falsa, anda un algo en el aire que dan ganas de apretarla contra la grama o el ligustro, y después, subido a los almácigos, arrancándose la ropa en el surco, el de ella y sus terrones en medio de la espiga.
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Una mujer tan blanca que parecía transparente, suave como una brisa, fresca como esa hora de la tarde en que elegían los caminos desiertos, el terral siguiendo su propia polvareda, una módica gauchesca para descubrir que al menos, una vez en la vida, una sola, la llanura está por decir algo y finalmente lo dice. Pero lo dice en un grito, en un gemido, un aye, un temblor, un balbuceo. El placer de la voladura de los pájaros antes del ocaso.
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Y después fueron a la pieza, un hotel en la ruta, pero no un telo sino un Howard Johnson (que ahora hay en cualquier parte), para el caso es lo mismo: dos corredores de fondo, el comienzo moderado, lento, una ceremonia. La preparación: elegir el sitio, qué ropa iban a quitarse, qué sombra, resolana, banquina, sauce, tipa, ceibo, cultivo. Qué vianda para después (él siempre necesita reponer las 400 calorías), qué infusión, qué golosina. Ella no usaba ninguna clase de perfume, pero ese olor, quizá solo eso (el olor de ella), iba a ser para siempre su primavera sagrada. La consigna de escritura de un taller literario: escribir una primavera sagrada como la de Rilke. La de Esteban era olerla como hacen los animales.
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Hicieron un mapa para coger por toda la colonia, campos, caminos, cascos, paradores, arboledas, montecitos de Venus, cultivos, cosecha gruesa, fina, alertas de fumigaciones: los Cavanaghs, Tesano Pintos, Arminda, Bogado, Juncal. Hicieron una agenda con sus propios husos horarios: coger a medianoche, al alba, a la siesta, después de la cena (para dormirse abrazados) y desayunarse otra vez el jugo desovillado del camisón de saliva.
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Podríamos decir que armaron su casita del árbol de amantes en un lugar predilecto, un monte de Venus en un camino de tierra que quizá fuera justo en el límite con Buenos Aires, allí donde hay un cartel de seguridad vial que dice “Decreto DPV 815/10-Prohibido Sembrar en la Banquina”. El cartel apenas se ve porque lo tapan las mazorcas o las espigas o el yuyo de la soja. Pero bueno, para ser feliz hay que tener la vista de un lince y el hambre de un león. Y el olfato de un lebrel. Las manos de ella, una seda, un té de manzanilla en un pueblo donde la única cerveza era Brahma. ¿Se entiende?
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El caso es que si iban por la ruta (la 18) como quien va para Pergamino, llegando a ese cartel de vialidad, haciendo el esfuerzo por verlo, buscarlo, en la prisa del deseo, ya se iban dando manotazos en el viaje, arrancándose la ropa: a ella le gustaba, los días de sol, cálidos, aunque fuera una primavera falsa, ir en cueros de cintura para arriba. Tenía dos pechos firmes, sin ritmo de cirugía ni número, turgentes, blanquísimos, nacarados.
Esteban prefería sacarse la ropa de abajo, más obvio, pero ella no era de las que se tiran de cabeza a la entrepierna de un tipo manejando. Sí tenía el modo suave, el ritmo moroso adrede de ir acercando la mano al fuego, le fascinaban sus piernas de ciclista, los muslos duros de él que no había perdido ni siquiera en la caída debajo del camión de soja, cuando el accidente de Renata.
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A ella le gustaba mezclar juego y cosquilla, chirlo y pellizcos, pero luego seguía con la ternura, el ave de la mano abierta, estirada, como un ala cada vez más cerca de las ingles, hasta que al fin agarraba el miembro duro y lo acariciaba hasta hacerlo doler de deseo, gemir del estirón, alta en el cielo. Ella lo hacía acabar en sus manos mientras le daba piquitos en las piernas cerca de las ingles. Unos besos como ventosas de la lengua bífida. Esa mañana, un rato después, lo obligó a usar su semen como crema de afeitar y luego estuvo todo el día oliéndole las mejillas.
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…………………………………………………………………Marce
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NO SABIENDO PARA QUÉ , (novela, fragmento)