Alfredo siempre renegó del paso del tiempo, pero desde hace unos años reniega del tiempo materializado en las hojas de un almanaque de esos que, en vísperas de las fiestas, regalan las despensas de barrio. El de este año se lo dieron en una panadería donde compra cada tanto. Lo tiene colgado en la pared de la pieza que alquila, arriba del anafe percudido de hollín. La dueña de casa es una vieja alcohólica que vive en la planta alta con su perro, una especie de perdicero llamado Rabek. La única diferencia entre ese lugar y una pensión es que eso no es una pensión. Cada pieza tiene baño propio y solo hay dos inquilinos aparte de Alfredo. Buena gente, dice él cuando alguien le pregunta por sus vecinos, son pibes de afuera que vienen a estudiar.
Alfredo deshoja el almanaque como un ritual según pasan los días. Hasta el 15 más o menos arranca las hojas ni bien se despierta, con el primer mate de la mañana, siguiendo con prolijidad la línea troquelada. Del 15 al 25 ya no tiene tanta paciencia y las arranca la noche previa antes de acostarse, como si con esa actitud pudiese apurar la llegada del día siguiente. Desde el 25 en adelante, hasta el día que cobra la jubilación, arranca las hojas de un tirón sin esperar siquiera a que llegue la noche, y en más de una ocasión arranca varias juntas. En ese período del mes se debate entre una de dos: pedir plata prestada a su hija o bien deambular por casas de amigos en busca de algo de comida. No pide mucho. Un plato, aunque sea una vez al día. Pero este mes viene mal. Tiene 31 días. Alfredo odia estos meses largos. Recién estamos a 20 y no tiene un centavo. Es que el invierno se prolonga y el cuerpo necesita un poco más de combustible. Incapaz de afrontar semejante decisión, arroja una moneda de un peso al aire y deja la cuestión librada al azar. Si sale cara, llamará a su hija, con lo que eso implica. Si sale ceca, visitará a algún amigo. La moneda, como si supiera la tarea que le fue encomendada, rebota en el piso de pinotea y rueda unos cuantos centímetros hasta detenerse y quedar apoyada de canto junto a la pata de la cama. Alfredo cree que ese final no es justo, por lo cual repite la maniobra, esta vez con una moneda de diez centavos. A una moneda más chica es difícil que le suceda lo mismo. Luego de una voltereta, la moneda pica, se filtra por una hendija en la madera y se pierde allí abajo, en el colchón de tierra sobre el que descansan los pilotes que soportan el piso.
Alfredo se agacha con dificultad, agarra la moneda de un peso y a la otra la da por perdida. Se pone un saco de paño, la gorra y la bufanda suelta sobre el cuello. Decide visitar a Aurora, a quien no ve desde el mes pasado justo a esta fecha. Como no tiene para el colectivo, se llega de a pie hasta la calle de los floristas.
–Buenos días –dice.
–Sí…
–Deme una rosa.
–¿De qué color la quiere? –le pregunta el otro en un tono como si le fuese a vender una palangana.
–Roja. Las rosas son siempre rojas –contesta con afectación.
Se deshace de los últimos cinco pesos y con la flor en la mano envuelta en un celofán camina unas cuantas cuadras hasta la casa de Aurora. Las dos ventanas que dan a la calle tienen la persiana baja. Una es de la pieza de Aurora. Él conoce bien la casa. A esta hora del día ella y la persiana deberían estar levantadas. Aurora vive con su hija y su nieto de ocho años. La última vez que la visitó estaba con ellos. Ni la hija ni el nieto se mostraron muy complacientes con su visita en esa oportunidad. La gente, piensa, no tiene fortaleza para aguantar la desesperación, el hambre, la soledad ajena. La ropa vieja y maloliente, la enfermedad al acecho, esas cosas joden. La miseria jode porque alguna vez puede ser la propia. Toca el timbre vacilante y espera. No sale nadie. Toca de nuevo, ya impaciente. Mira para todos lados. Toca una vez más y al escuchar el sonido del timbre, una secreción de saliva le inunda la boca. Se relame pensando que adentro lo espera algún bizcochito de grasa o una medialuna, como esos perros que salivan en respuesta a un estímulo. Y cuando se está por ir, ve llegar a la hija de Aurora con los ojos hinchados. Mamá falleció anoche, le dice sin saludarlo. Neumonía, fulminante. Vengo del cementerio. Que cómo no le avisaron, dice él. ¿Pero… vos tenés teléfono?, dice ella frunciendo el ceño.
Alfredo desanda su recorrido con la flor en la mano. La mañana tiene para él la textura de un sueño. La calle le parece más desolada y los árboles más grises. La rosa le parece menos roja. Y la panza se queja. Piensa si en el camino de vuelta no lo queda de paso la casa de algún amigo.
C.S.
Septiembre de 2010.
