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Sorgo rojo

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SORGO ROJO

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–Estás cansado.
La gente que no me conoce suele decirme que estoy cansado. No es cansancio, yo no me canso. Es angustia, es distinto. Yo sigo remontando a diario calle Laprida (una calle casi vertical), con una bicicleta balón inglesa rodado 26 que pesa 50 kilos y no tiene cambios. Pero yo no me canso. Yo me angustio. La gente simple se cansa. Mi abuela María (especie de Mao con polleras), se cansaba, porque debía criar siete hijos sola, porque era 1938, eran peones rurales y mi abuelo José murió de tétanos a los 40 años y quedaron siete niños en fila, de 1 a 14 años de edad.
En algunas fotos parecen estar en un campo de concentración del nazismo. La década infame, como ahora, el poder en manos de Patrón Costa, Pinedos, esa clase de gente. Ayer vi una selfie de Macri y su equipo sonriente, exultantes desde Chapadmalal y después pasé por el comedor Los Gato de Ayolas y Convención. 14 millones de pobres sin selfie. Yo no me canso, me angustio.
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Yo no tengo derecho a cansarme, porque a mí me tocó estudiar y saber. Mi abuela María se cansaba de retorcerle el cogote a las gallinas para alimentarnos y yo me angustiaba viéndola a ella y pensando en las gallinas.
Mi abuela tuvo que dejar el campo cuando murió el abuelo porque era más fácil (o menos hostil), un arrabal del sur de Rosario que el campo. El campo ajeno. La verdad es que el dueño del campo los echó cuando murió el abuelo, como en la película “El árbol de los zuecos”, de Ermanno Olmi, por eso mi sobrino se llama Olmo. Lisandro (de la Torre) Olmo Scalona.
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–¿Estás cansado?
–No -digo-, es angustia.
Y ahí la mayoría de los que me lo dicen dejan de joderme. Porque pueden hablar de cansancio pero de angustia no. Eso les da miedo porque sospechan que el cansancio se cura durmiendo pero la angustia sólo con la muerte, y en general es gente que confunde lo bonito con lo bello. A veces, si no estoy muy “cansado”, los termino de correr con Macedonio: “Lo bonito nunca es lo bello porque la belleza siempre habla de la muerte”.
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Cansancio no, quizá fatiga, algo más profundo y delicado, hasta benévolo y feliz como el lirio que se dobla con la brisa y se arrima al suelo pero luego vuelve a erguirse y ondular al cielo con el conjunto. ¡Salud paseante, siga el viaje…!
Entonces voy llegando a un campo cerca de Albarellos, y en un intervalo de la soja, aparece el sorgo rojo. ¿Cuánto hace que no veía sorgo…? ¡El tulipán de los pobres…! le decía mi abuela al sorgo. El contraste es mayor porque los campos empiezan a amarillearse.
¡Cómo sentirse extenuado, sino de belleza, en medio del sorgo rojo, de mi abuela, del árbol de los zuecos y la pasión de Brad Meldhau que ha escrito esta Oda para los que nunca estamos cansados, sino, simplemente, angustiados!
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………………….Marce…….