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DOS RELATOS-DOS ESTILOS.
I.
Una gota de transpiración me corría por la cara atemperada e intranquila. Ya conocía esas calles previas a mi parada. El colectivo estaba repleto y los empujones me parecían bruscos. El nudo en la garganta. No quería volver a casa. Mirarlos a los ojos y evitar el llanto precoz. El timbre me sacó de la ilusión premonitoria. Alguien se bajó y yo me acomodé para esperar mi turno. La gente hablaba sin medida y eso me ofuscaba. Dejar esa religión odiosa significaba la expulsión total de mi familia. Las lágrimas se escapaban y las limpié así nomás con el antebrazo. Detrás de mí había varias personas aguardando para bajarse, sus codos comprimían mi resistencia y me aferraba al caño de la puerta, como quién pretende contener algo. Una vez que se detuvo el coche, me bajé casi corriendo y pude ver cómo una mano militante se ensañó de tal manera, que caí al suelo con mis manos atajando el peso muerto del golpe. El colectivo arrancó igual, un hombre tendió su mano y me indagaba si estaba bien. Yo quedé mirando un charco de barro. Así era mi vida en este momento: un herrumbrado suelo azotado por el tiempo, el agua furiosa. Levanté los ojos, una mujer de velo negro me miraba sonriente. Es una señal, me dije. Tiene que ser una jodida señal.
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II
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El olor rancio casi me hace vomitar. Un calor de locos, 3 PM de un día de verano húmedo. El bondi está hasta el techo de gente. Me paro bastante antes porque costaría llegar hasta el timbre. El permiso es voz de nadie, no me dejan ni caminar por el pasillo. Tuve que esperar unas cuadras con el dedo en el botón para poder apretar justo una antes; los choferes suelen enojarse si avisás con mucha anticipación, o si presionás demasiado, o si bajás lento. Los dedos se mueven inquietos en el caño, que también agarra una mujer joven y un señor mayor. Día del orto, por cierto. Era necesario. No quiero ni recordar el día de hoy. Alguien se apoya detrás de mí sin sutileza, producto de un empujón de más atrás todavía. El movimiento repetitivo es violento. Cierro los ojos y trato de no pensar. Pero es la sensación, no la cabeza. Y ese olor que no me puedo sacar de la nariz. Toco el timbre y frena a distancia del cordón. Me bajo torpe y caigo. La rodilla sangra, la concha de la lora…. Me pongo de pie y veo, entre el enojo y algo de dolor acumulado, una pared decorada con aerosol grosero: el engaño no es manera de vivir. Evangelistas de mierda, pienso. Sacudo la ropa y me voy a casa.
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