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El escritor pálido

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EL ESCRITOR PÁLIDO
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Está la novela «Pálido fuego» de Nabokov y «El Jinete Pálido» de Laura Spinney sobre la pandemia de gripe española en 1918, y luego está la novela póstuma de Foster Wallace: “El Rey Pálido” y por fin la peli de Clint Eastwood: “El Jinete Pálido”, y a las 3 AM, un miércoles de Covid, en primavera, tenemos un escritor pálido en la guardia del Sanatorio Americano.
Un dolor difuso en el hipocondrio de la pandemia, alteraciones del pulso, transpiración abundante y HTA 10/14, ¿para dónde es la habitación 109?, esa pregunta podría indicar confusión mental: no tiene a nadie internado en el sitio.
Análisis de rutina. La guardia.¿Tos refleja, un calambre en la zona izquierda (la Izquierda argentina), ataque de pánico a Zoom, exceso de Pizarnik? Debió hacerle caso al poeta Claudio Bertoni y no volver a googlear síntomas.
La médica se llama Mariana. No es aquella starlet rubia que lo atendió 50 veces en la habitación 109, en 2012, cuando su padre. Ésta parece una chica grave y a él le cae bien la gente dramática, con una sombra o una nube, personas que no tendrían remilgos en comenzar con la morfina antes del alba.
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La doctora insiste con la palidez: una palescencia así hay que investigar, dice. Análisis de rutina, se quedará hasta la mañana. ¿A quién llaman? A nadie.¿Con quién vive? Solo. ¿Por qué quiere saber con quién vivo…? ¿Tiene que ver eso con la palescencia?
Le dan de tomar un sedante. A la hora ya está 9 y 13, le sacan sangre y al final se hacen las cinco, empieza «Mad about you» en TCM. A dormirse.
Cuando está por llegar al REM, Mariana entra a la pieza atropellando, es la parte de los médicos de guardia que los asimila a los bomberos. Baten la puerta, encienden la luz blanca de 100 watts y saludan como si estuvieran en el campo. Es un acting. Lo deben hacer para darse coraje. Recuerda a Unamuno: los médicos tienen dos temores: matarnos, para que no nos muramos solos, o dejarnos morir para no matarnos.
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Jamás tengo esta palidez, dice él, como si lo hubieran sorprendido con el pene en la mano. Parecías un espectro, dice la chica -¿lo tutea?- y empieza a explicar la cosa más increíble que podía escuchar un escritor pálido.
“Hay una enfermedad muy rara -dice ella, por primera vez con la nube buena del aire doctoral-, que causa ese tipo de palidez, se llama “la enfermedad de Fabry”. Él larga a reírse, pero convulso, un ataque. Ella queda confundida (no sabe que Fabri fue uno de sus mejores amigos), explicando el origen difuso de una enfermedad entre genética y neurológica, de etiología extraña (como la de Fabri), pero que causa esa palescencia progresiva, que afecta corazón y riñones y… bla bla bla.
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Palidez que él ya no tiene, porque hace cinco minutos que la risa le ha llevado toda la sangre a la cara. Mariana también empieza a disfrutarlo, aunque con ciertas prevenciones, primero es un mohín de risa, una comisura, rabillo, después una sonrisa franca. Y antes de que la chica diga otra cosa o pregunte, él le gana de mano y dice ¿conocés esta serie? Ella la confunde con «Friends». Casi la misma generación, piensa él. Le explica la trama, los personajes y recién ahí le dice que él es escritor y ella dice, sin querer, el título del relato: el escritor pálido.
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Ese sintagma sólo puede saberlo una médica con sombra. Después que ella se va, él apaga la luz, pone el timer a las siete y se da vuelta, a oscuras, trata de orientarse hacia dónde estará la habitación 109 y musita una oración laica: un escritor pálido vive solo.
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…………….#Marce
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