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En la cola

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EN LA COLA.

La noche anterior, de repente, le avisaron por mail y SMS que el sábado 21, 13.30 horas, tenía turno en La Rural para aplicarse la segunda dosis de la vacuna Covid19. Llegó media hora antes, a las 13 y desde el sur, como siempre.

Él vive allí, barrio Tablada, y siguió viviendo ahí aún los muchos años que vivió en el centro, y piensa, o eso cree, que seguirá viviendo allí después de muerto.

Al fin y al cabo la cita era para eso: una afirmación de la vida ante la muerte, y eso, seguir viviendo, es lo que hace un escritor: las pocas certezas de ser y perpetuarse están ligadas a ese trabajo, a construir mediante el lenguaje, una conciencia, y un territorio imaginario de verdad, de bien y de belleza, que son lo único que irá quedando y constituyendo a uno y al universo. Aún antes de salir de su casa, sabía que lo primero que haría después de vacunarse, sería esto: escribirlo, y que incluso, el sentido de la vacuna, hasta su efectividad, dependía también de esto, de la escritura.

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Llegó por Bulevar 27 de febrero hasta Oroño, estacionó cerca de la esquina, y aún viendo dos largas colas frente al portón principal, volvió a elegir el sur, sin preguntar siquiera, sabiendo de antemano dónde le toca estar a cada uno, aún para morirse, o por eso mismo, para morirse como se ha vivido.

Lo primero que pensó fue en algunas notas mentales, y en la percepción del tiempo, el lugar, el acto y los sujetos. Sabía que después de vacunarse la primera cosa sería escribirlo, narrarlo. Esto. Y antes del pinchazo, incluso antes de salir de su casa y de encender el auto, y aún antes de darle un beso a la petaca que llevaba en el bolsillo de la puerta del auto (y encima la noche anterior había estado viendo OTRA RONDA, de Vintenberg), le vino el flash de «La cola» de Fogwill, el modelo, la crónica del camino a la capilla ardiente del velorio de Perón, que dicho sea de paso, quieras o no, se sigue metiendo en todas las colas argentinas, y también en ésta, porque al fin y al cabo, a él iba a tocarle una vacuna hecha en el país, durante un gobierno peronista, una vacuna gratuita, pública y nacional, hecha por científicos que estudiaron en la universidad pública argentina, aunque aquel relato, el de Fogwill, que no era peronista y más bien lo contrario, fuera insuperable, porque hay colas donde ciertas categorías pueden quedar medio caducas, o al menos, aplazadas, suspendidas, aunque no del todo, porque USA sigue siendo USA y China es China y Rusia es Rusia, aunque ya nada es lo que parece y Fogwill era tan inteligente como un demonio o un demiurgo, que tienen la misma raíz etimológica, y salvo el lenguaje, el estilo, la forma y la conciencia, sabía que se puede contar todo, hasta una guerra, sin manipular ni conducir al lector como un bobo. Y ese era su deber ahora, como aquel julio del 74 fue el de Fogwill, aunque la verdad, es pretencioso, francamente ridículo, compararse… pero es como una ciencia, porque está el virus y está la vacuna, y hay cinco millones de muertos, y un gran negocio, y luego hay muchos relatos, distintas voces, pero en un momento hay que elegir algo, un viaje y una conciencia, y tratar de que lo uno y lo otro sean transparentes y que además, se expandan. Y brillen. Además, que brillen. Eso les gusta a los peronistas, pero a veces es lo que los pierde, Fabiola, por ejemplo. O el VIP del «perro», o cosas que alguien «pudió» evitar. Pero los trapos se bancan y estaba nublado, parecía frío, llevó un abrigo que ya en la cola le sobraba.

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Había mucha gente, casi una multitud, entre los que iban a vacunarse, pero también vendedores ambulantes, trapitos, mendigos, pungas y mecheras. El escenario tenía algo de la previa al estadio, algarabía, expectación, desconfianza,

–¿A vos cuál te pusieron?

–Sputnik.

–Ah, pulsera azul.

–…

–¿Ves que hay varios colores?

Entonces vio que más adelante, las coordinadoras que tenían planillas, tablets, termómetros y gels, apretaban puñados multicolores de pulseras adhesivas: azules, naranjas, verdes, rojas. Entonces pensó lo rápido que podía disolverse entre tantos colores una discusión ideológica. Ya ni los equipos de fútbol usan sus camisetas originales, si vas distraído al tele, corrés el riesgo de alentar al equipo contrario. Fuego amigo. Vacuna enemiga.

–Esto ya estaba en la biblia… -dijo una mujer a sus espaldas.

–Todo. Y bien pormenorizado -confirmó un señor que apretaba carnet de vacunación y Dni con pulgar y dedo índice.

–Es que se olvidan del mensaje sagrado, ahí está todo…

–¿Me alquilás el banquito? -preguntó la señora de la biblia a una chica que vendía praliné.

–No. No puedo, es para mi hija que me ayuda y está embarazada. Llevó un pedido adentro. ahora viene…

–La puta que lo remil parió -me olvidé el documento- dijo un flaco

sin barbijo y que parecía haberse olvidado de todo, aparte de la tarjeta civil.

–No importa, hablá con las coordinadoras y andá a buscarlo… te vacunan igual…

–No, amea, ¿sabés dónde vivo yo? Parque del Mercado tía, vine a pie. No tengo Sube ni baja, ni una bici municipal. Vengo otro día…

–No. Bueno, pero avisá, no te vayás así… hablá con las chicas y explicales. Pasá, pasá, adelantate…

–Eh… no se adelante señor, ¿dónde va? Este es el país de los vivos… debe ser primo de Fabiola… Respete la cola, señor.

–¿En qué libro de la biblia dice usté?

–Apocalipsis.

–Now… -agregó él, pero como hablaba con doble barbijo, no supo si lo dijo o lo pensó,

–Para mí está en la carta a los Gálatas, dijo un señor que señalaba el templo de enfrente, del Pastor Silvestri, que murió de Covid hace un año.

–¿Y hasta que vuelva tu hija, no me prestás el banquito? -insistió la señora de adelante a la kiosquera.

–Bueno, pero me tiene que comprar algo…

–Está bien, dame un praliné. Pero ganarías más plata alquilando sillitas….

–O reposeras, como en el gobierno anterior… -gritó un trapito exaltado haciendo la V con la mano.

–Ya salió el come polenta planero -dijo un señor subiéndose el barbijo hasta la frente.

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Luego hubo dos o tres chicanas más, pero en lugar de escalar el conflicto, derivó a la risa, un cotilleo más bien blando, quizá por el alivio de recibir la vacuna. Además, justo allí la cola empezó a avanzar rápido. Se hizo un pequeño tumulto llegando al embudo de la entrada y ahí las voces se multiplicaron, hasta podía escuchar conversaciones de celulares, personas que iban relatando a otros por teléfono cada paso del proceso como si fuera un partido de fútbol, una cirugía o la cola para subir a los trenes que iban a Auschwitz.

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Cuando se acomodaron en el galpón, con la misma eficiencia, rigor y orden que la primera vez, miró el número de su mesa vacunadora (05) y el de su silla (14), exactamente iguales a un día improbable del mes de mayo. ¿Qué cifra traen los números, el día 21, del año 21 del siglo 21, para alguien que nació un 21 y su nombre tiene 21 letras? Quizá nada, pero hay que jugarlo, a primera y el ambo, nacional y provincia, A veces, las cicatrices se explican con los juegos, o los juegos, son mucho más serios de lo que pensamos. La vida, la muerte… un chino se morfa un pangolín en una ensalada, y mueren 5 millones de personas, Trump pierde la reelección y Jeff Bezzos se hace archimulticalifragilístico billonario.

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Empezó a quitarse el gabán, el buzo, la bufanda y a elegir el brazo. La otra vez fue el derecho, ahora eligió izquierdo. Una corazonada. La pulsera celeste, casi azul, y pensó en el mar. Y en la nave Sputnik. Imaginó aquél cohete, aún soviético, viendo en la década del 60 el cielo azul, que ni era cielo ni era azul. Pero vacuna es vacuna, y está visto que sirven, todas, incluso las que están en el futuro, como la escritura, o un lugar de Tablada que en estas tardes de invierno parece tener una claridad de octubre, y que se expande, todavía más al sur, hacia Pueblo Esther, por ejemplo, donde ahora sí, ya se ve más transparente, incluso brillante, como si fuera un día viernes o de vacaciones, y todavía escribiera Juan Forn en el Página12, o la infancia, incluso un día soleado, para que alguien diga «como un día peronista», o mejor aún, argentino.

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……….Marcelo Enrique Scalona.

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*Fogwill murió el 21 de agosto de 2010.

 

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42Maria Fernanda Trebol, Graciela Gandini y 40 personas más
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