Un aire abstraído y perplejo, la marca más común del sobreviviente o del subyugado por una tarea imposible. Cuando se rompe el sortilegio aparecen palabras que no recordaba. Es o era un niño y alguien está al margen, parece un sueño en que se hubiesen olvidado de llevarlo consigo.Ese sigilo en lugar de malograr las cosas, parece ser parte de la distribución de la forma mediante la que uno va haciendo lo que puede.La escena tiene lugar entre los cuatro y cinco años. El niño aprende a leer con su hermano mayor que le enseña con libros de Salgari, de Hesse, de Cortázar, en una habitación de la terraza, un altillo, el sinécdoque del paraíso de la clase media, baja.Ya distingue mayúsculas de minúsculas, con dificultad reconoce vocales y consonantes: la primera palabra. Algunos nombres son familiares: cohete, caballo, luna, invisible. La voz de la madre, que al poco tiempo lo sube a un banquito en la cocina para que lea en voz alta a las tías. Un salto en el tiempo, cincuenta años, ahora sí alguien recuerda llevarlo consigo y él paga su compañía leyendo en voz alta, palabras sueltas: cohete, caballo, invisible, luna y esa palabra nueva que mueve el mundo: sexo. Palabra palanca, un acto que acorta la metáfora. Y sin embargo, ahí sigue el sigilo, un pulso como una serpiente que acecha en el pasto, la clase de silencio que espera la revelación de un nombre: un juguete que estaba de moda, las Sylvapéns, Jesús, el goleador del torneo Metropolitano o ella. Ella.