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ANTON CHÉJOV.- por Vlady Kociancich .-

.    Un amor en voz baja

Por  VLADY  KOCIANCICH

El agua corría sin saber adónde ni para qué. De la misma manera había corrido también en mayo; en aquel entonces pasó del riacho a un río grande, del río al mar; luego se evaporó, se convirtió en lluvia y quizás era esta misma agua que corría ante la vista de Riabóvich. ¿Por qué? ¿Para que? Y todo el mundo, toda la vida, se le aparecieron como una broma incomprensible e inútil. Habiendo apartado la vista del agua y mirando al cielo, recordó de nuevo cómo el destino, en la persona de una mujer desconocida, lo había acariciado sin querer, recordó los sueños y las imágenes del verano, y su vida le pareció sumamente pobre, miserable e incolora…

                                                                        Antón Chéjov, <<El beso>>

Yo siempre quise a Chéjov. No recuerdo si lo admiraba como a Tolstoi y Dostoievski, genios macizos que dominaron las lecturas de adolescencia de mi generación. Pero yo quería a Chéjov. Fue un amor en voz baja, sofocado por esa inseguridad de gustos típica de la juventud. Debidamente impresionada cuando leía el fresco colosal de La guerra y la paz o me sumergía en las tempestades psicológicas de Crimen y castigo, los cuentos de Chéjov me deban un placer vergonzoso, el de entretenerme con minucias mientras se hundía el mundo. Para colmo, en la competición de aquellos autores que llamábamos familiarmente <<los rusos>>, Chéjov era un brillante perdedor. Nunca alcanzaba el primer puesto, nunca bajaba al último. Estaba ahí, como el mercurio de un termómetro, esperando el contacto de la piel de un lector para marcar una temperatura.

El juicio público lo sostenía con reservas, como un maestro de relatos breves que contaban muy poco, un Maupassant sin contundencia. Sus obras de teatro se mantenían a flote en una ambigüedad similar. El jardín de los cerezos tenía ese prestigio sospechoso de algo demasiado culto para ser realmente interesante. La gaviota y El tío Vania eran  <<un desafió para los actores>>, halago que siempre ha hecho desconfiar a los espectadores. Teatro acusado de la misma falla de los cuentos: ahí no pasaba nada. Chéjov parecía haber escrito sólo para amantes de Chéjov. Tan íntima era su obra, tan exclusiva de ciertos  temperamentos, que aun sí  a la pregunta <<¿Te gusta Chéjov?>> podía iniciar una amistad o un romance.

El tiempo corre par ala literatura como corre para la gente. <<Los rusos>>, ese continente de libros que se exploraba en bloque, se ha hundido como una Atlántida en el fondo del mar de otras lecturas, dejando en la superficie unas islas dispersas, visitadas por los nostálgicos o por los que de tantos oír hablar de ellas quieren cerciorarse de que valen la pena. Un Tolstoi abreviado a La muerte de Ivan Ilich y Ana Karenina, el Dostoievski de Los poseídos, quizá padre e hijos de Turgueniev, y si no queda demasiado lejos, la inesperada comicidad de un Mogol tras el titulo sombrío, telenovelesco, de Las almas muertas. ¿Y Chéjov?

Chéjov hoy esta en tierra firme. El cronista de momentos fugaces, el dibujante de historias secundarias el creador de dramas sin desenlace trágico, se convirtió en un aplaudido autor moderno. Su obra teatral se representa tal como fue hecha, sin necesidad de apelar al homenaje póstumo y deslucido que reciben los clásicos. Aquellos cuentos supuestamente leves y de final abierto, como <<La dama del perrito>>, llevados al cine como director Niñita Mijalkov, abruman de intensidad y de emoción. Inhalables durante un par de décadas, salvo en algún volumen de librerías de viejo, reaparecen en nuevas antologías. Su nombre ha dado un calificativo-chejoviano- a un humanismo sin ilusiones pero piadosamente  humano, con individuos en trance de perderse no por grandes ideas no grandes decisiones, sino por esas cosas de la vida. Su estilo, breve, rápido, libre, es la ambición vigente.

Chéjov era escéptico sobre la perduración de su obra. En 1888, cuando la fama le llegaba en grandes olas, le dijo al escritor Bunin: << ¿Sabe cuántos años más seré leído? Siete>>. Bunin se rió de él. <<Muy bien>>, sonrió Chéjov. <<Digamos siete y medio. Es una pena, porque no voy a vivir más que seis. >>

Fue una confesión chejoviana. Realista (era médico y estaba enfermo de tuberculosis), irónica (conocía la veleidad de las modas literarias), benévola (¿por qué no disfrutar de la fama como del vino, los amores, las amistades) y certera. Murió puntualmente, a los 44 años. Si se equivoco sobre el tiempo de perduración de sus libros fue por un error, también muy chejoviano, de modestia. Odiaba la jactancia.

Su desprecio por la pedantería y un sentido del humor muy peculiar, una obra en que la risa y la tristeza hacen un todo, como un árbol que se va transformando en el paso de las estaciones, en el paso de la lectura, sin dejar de ser el mismo árbol, explican que aquel escritor amado por sus contemporáneos sea un amigo nuestro. Y hasta lo entendemos mejor. Antón Chéjov narra una sociedad sin energía que se diluye en frivolidades. Sus héroes no son heroicos ni en el bien ni en el mal. Prisioneros de un estado de cosas, atontados por la droga de su propio egoísmo, hablan sueñan soluciones pero nunca las llevan a cabo.

Sin embargo, para apreciarlo no basta el reconocimiento de la cara de nuestros días en el mundo de Chéjov, ese hedonismo apático, esa verborragia sin ante poderes que los superan y a los que se resignan. Finalmente, todos los escritores disparan contra la sociedad en que viven y algunos tienen excelente pulso y armas de largo alcance. Pero Chéjov tuvo algo más que puntería literaria. Tuvo una grandeza rara en todo tiempo: la de no admirar a los fuertes. Admiración cobarde  que llevamos adentro sin sospechas hasta que Chéjov la revela por su ausencia en sus textos. Y nos descubre que mientras creemos estar del lado de los débiles, les pedimos que triunfen en su debilidad, que ejerzan algún tipo de fuerza siquiera negativa, como el suicidio de Ana Karenina o la última apuesta del jugador de Dtosievsky.

Los personajes de Chéjov realmente viven como pueden. A los buenos y a los malos, a los ciegos y a los lúcidos, a los poderosos y a las víctimas, se los lleva la corriente de la vida cotidiana, en la misma hojarasca de ambiciones, amores, alegrías y tristezas. Para todos sale y se pone el sol. Chéjov escribe la vida sin mayúsculas. La vida descartable, escuálida o glotona  que su cronista nunca juzga. Porque a pesar de toda la miseria que hay en la condición humana, que Chéjov vio y narró con sencillez, uno siente que nos quería.

¿Será por eso que a un siglo de sus primeros cuentos hoy lo apreciemos tanto?