Los días que no podemos vernos debe llover. Es una ley poética. Si no hay besos que haya metáfora, metonimia o sinestesia, algún desplazamiento de lo real, un sitio donde la imaginación produzca una traspolación del encuentro. Las palabras las tenemos, pero si falta el cuerpo, que lo ponga alguna forma redimida pero física: el agua, el cielo, un recuerdo o el leve escalofrío húmedo del que espera que escampe la ausencia del otro.