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Los ausentes (ANA DOBSON)

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LOS AUSENTES * (frag)
Ana Dobson

«Me subí al auto y sobre mis muslos coloqué los huevos. Emprendí el regreso. El sol empezó a esconderse de a poco. Pasé de un horizonte visible a uno invisible, estaba frente al fin del día.
Pedaleaba en medio del camino de tierra, minuto tras minuto, las ruedas iban enterrando la luz y daban comienzo al ocaso. Avancé despacio, cada vez me costaba más pedalear. En el trayecto frecuentemente ocurrían imprevistos. Los caminos rurales solían estar en mal estado y había que sortear el barro. Las ruedas anchas tal vez podían ser muy útiles en la arena, pero no eran la mejor alternativa para el barro. Ya me había hecho otras veces la pregunta de porqué no cambiaba las ruedas por cubiertas más delgadas, pero esta era una evaluación repetitiva, una y otra vez. Me la hacía siempre cuando se me presentaban esta clase de pruebas.

El movimiento de mis piernas acompañaba al de los huevos. Tenía que tener cuidado. Una sola y brusca maniobra podía hacer que los rompiera, y entonces el largo y agotador viaje habría sido en vano.
Iba cada vez más despacio. Había zonas intransitables. Se ve que había llovido un poco, y temía quedar encajada con el vehículo y que el barro no me permitiera continuar el recorrido. Estaba oscuro ya, sentía que se me mojaban las piernas. Los huevos empezaban a romperse de a varios. Empecé a tener angustia, sentí ganas de llorar. Pero recordé la conversación con Cecilia y con su hijo, y sonreí. Debía controlar la sofocación.
Mis piernas me pidieron un descanso y me quedé un rato en reposo, a la vera del camino. Coloqué los tres huevos que me quedaban sanos sobre el pasto y limpié como pude las ruedas con unas hojas de árbol. Los volví a acomodar sobre mis piernas y continué el camino. Me aferré al volante, como si acaso la dirección del auto pudiera ser controlada. Pero yo nada podía retener. No podía.
Las sustancias que emanaban de la rotura de los huevos me causaban desagrado. Sus filamentos eran líquidos opacos, densos y gelatinosos. Los sentía en todo el cuerpo. Su condensación espesa había tomado mi anatomía, desde las rodillas hasta mis pies, lo que me generó gran fastidio. Tenía que llegar a casa. Ese pensamiento amortiguaba mi incomodidad, el disgusto.

Pedalearé. Llegaré. Guardaré el karting en el galpón. Me cocinaré un huevo. Cerraré el portón. Descansaré.
Estaba exhausta, consumida por la oscuridad, la suciedad. Pedaleé un rato más. El vaivén de los huevos me distraía de mi atención al conducir. No le di importancia y pensé: llegaré pronto al galpón. Estaba extenuada, me dolían mucho las piernas.
De mis abstracciones mentales, reflexiones absurdas e irrelevantes, registré un hecho real. Tomé una curva que había olvidado que existía y se rompió el último huevo. El viaje había sido en vano. Me desesperé, y recordé algo. Busqué rápidamente una pequeña linterna que tenía en el bolsillo. Dirigí el halo de luz hacia mis piernas para constatar que no quedaba ningún huevo sano, y así lo hice.
La luz era buena, reflejaba el blanco total de mi uniforme, y la comprobación era positiva. No había nada sobre mis piernas. Sólo se alcanzaba a ver, por encima de ellas, una parte del portón oxidado, a través del círculo de luz difusa en ese espacio de penumbra, que se desprendía de la linterna. ¿O acaso era una puerta cerrada, como un resplandor? Con colores pálidos y desvaídos, aparecía como real frente a mí. Apagué la linterna, la coloqué en el bolsillo, y traté de buscar equilibrio, salir de la sumisión. Busqué algún verbo transitivo en mi mente que me devolviera la paz. Pensé, para serenarme, qué cosas podría hacer mañana, si entonces podría burlar otra vez a los médicos de la guardia. Y me concentré en lo más razonable, lo más lógico. Tendría que volver a visitar a Cecilia».
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