ORACIÓN POR ADELA (*) . Le pregunté a mi vieja si el perro era de verdad. Dijo que sí, que la chacra estaba llena de perros. Que entonces no había otros juguetes y que sus favoritos eran ranas y sapos de las zanjas. Que ella les ponía nombres, que eran sus muñecos. Que hablaba con ellos y que también hablaba sola, porque aquello era el campo y era 1930. Que no había escuelas y no había mucho para ver en Los Cardos, Gálvez o Las Rosas. Que el abuelo era mediero y según dónde arrendase, eran de aquí y de allá.
– Tal vez hayamos visto un circo, pero no estoy segura. Quizá fue después… ya en Rosario, o me lo soñé. O me lo contaron tus tíos; los varones sí sabían ir hasta el pueblo y veían cosas… a ellos los dejaban, a nosotras no. Tus tíos siempre se acordaban de haber visto a los guitarristas de Gardel en San Genaro.
-¿Quién es la de la foto?
– Tu tía Ñata, Adela, mi hermana mayor, que cuando murió el abuelo tuvo que hacer un poco de madre de todos.
Me quedé un rato mirando la foto y hasta dudé, y no pude evitar preguntarle si era de verdad. Si esa niña (mi tía), era de verdad.
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Esos días justo acababa de terminar de leer “Oración por Owen”, de John Irving, y el personaje es descripto como un muñeco, un niño pequeño pero muy bonito, como un homúnculo con rasgos de escultura fina, de mármol biselado o porcelana y cosas así. Owen (el de Irving), es un niño superdotado que al mismo tiempo está signado por una cantidad de hechos extraordinarios. Luego se va revelando como una especie de santo o ángel, pero nada ortodoxo ni almibarado. Una especie de fenómeno religioso: un niño enviado por Dios para revelarse únicamente a su amigo, John Wheelright, el narrador de Gravesend, New Hampshire.
Owen me recuerda a Aliocha, el hermanito menor de los Karamazov, ese libro que siempre es imposible de soltar, como una biblia rusa, uno se encariña tanto con el pequeñín, que a medida que pasan los días invade al lector con una felicidad extraña, y nos surge un deseo irrefrenable de salvarlo, retenerlo… ¡Cómo decirlo! La última página se vive como una triste despedida, no por el fin de la historia, sino el del libro. Monterroso le ha dedicado cuatro páginas memorables en «Homenaje a Masoch».
Me hizo tanta impresión la novela de Irving, que casi voy a misa. Tuve un deseo profundo de hacerlo. Al fin y al cabo lo único que sostiene cualquier experiencia trascendente, es el lenguaje. Como ganas de rezar, de hablar con alguien que Owen parece revelar en el relato. O con el mismo Owen, o con Irving o con Aliocha o con la tía Adela.
Al final no fui, pero alcancé a escribir un cuento sobre un anciano que se persigna, y hace una señal de la cruz fervorosa y repentina después de años de agnosis, y mientras hace el gesto sagrado, él mismo se jura que no volverá a repetirlo, nunca, por las dudas. No tiene importancia el cuento. Quizá yo mismo, todavía, una noche de estas haga un Padrenuestro o un Miserere antes de dormirme o ya dormido.
Pero el mismo día, más tarde, después de la lectura y con esa recidiva cristiana de Owen y mi cuento, y la foto de la tía Adela, fui a tomar un café con Pablo Makovsky. Owen lo hubiese atribuido a la providencia o a una especie de Epifanía, porque Pablo es el único tipo en Rosario que puede disputar conmigo quién ha leído y tiene, más libros de León Bloy. Dos aves raras en comunión con un escritor francés del siglo XIX, un místico, un peregrino de lo absoluto, un fanático católico.
Bloy es el escritor religioso, que aún en la peor ruina de mi fe, he mantenido vivo en mi corazón. Con Pablo empezamos a cambiar figuritas, y al final acordamos que sumando títulos, nos conviene la alianza, y juntos podemos llenar el álbum. Pero allí no acaban las casualidades, “Oración por Owen”, de Irving, comienza con un epígrafe de León Bloy, es decir que hay alguien más en el mundo que lo esta leyendo ahora, y es en New Hampshire.
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Entonces vuelvo a la foto de mi tía, y viendo esa manita de la pequeña Adela agarrando el barandal de la silla, y ese vestido de ángel, y ese rostro puro de Bouguereau verdadero, encarnado; y esas órbitas de color del cielo (que ella tenía), y esas piernitas que ni siquiera pueden doblar del asiento, y esos zapatitos charolados y esas medias breves y el volado de la falda, y esa cofia de enfermera, y ese labio inferior mordido por alguna decepción o cansancio… yo no sé… Recuerdo de todo lo que ha dicho mi madre, y todo lo que yo sé que fue la vida de mi tía, y del pequeño Owen, que también las pasó negras, y de León Bloy, mártir laico en la hoguera de las editoriales y estoy a punto de que me salga el gesto o el murmullo y la letanía… pero me contengo. La vida es un dolor y hay bellezas que duelen. ¿Acaso puede ir a la nada algo tan puro y bonito? ¿Acaso irán al olvido Adela, Owen, Aliocha… ?¿Es que no existe un cielo para las muñecas? . . . . COMPOSTURA DE MUÑECAS. Ed. Homo Sapiens (2003) (*) Foto de portada.
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Hay noches que sueño en colores.
Otras,
blanco y negro.
A veces sueño en película
a veces, fotos fijas.
A veces hablo
o solamente escucho
el paisaje para hablar con los muertos
o …