(El altillo de mis oficios, Ed. Corregidor, 1998).
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«A los siete años me aproximé a la comprensión de la especie humana. Era un día de lluvia y miraba a la calle por la ventana de nuestra casa de infancia. Llamó mi atención que los peatones que llevaban paraguas e impermeables no cedieran el lado de la pared y los aleros a los otros, los desprotegidos e inermes. Me quedé pensando un rato y apareció mi padre por la vereda de enfrente, mojado y desnudo al aguacero, cediendo el lado de la pared a todos. Me puse a llorar y esa noche, antes de dormirme, como una condena o un tesoro, lo escribí en secreto en la última hoja del cuaderno de tareas. Algo irremediable y fatal nació para mí entonces: escribir es el único juguete de la infancia que me dura».
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SENTIR el tiempo:
soy el alba
soy la lluvia
el café, la palabra
un hombre, una mujer.
Desayuno y camino
soy la ciudad
que me cruza dos veces
y seré la tarde
su calor
la …