Desde chico, sobre todo en verano, nunca me gustaba dormir la siesta. Me escondía de mis padres para no dormir. Cuando uno duerme se arruinan las cosas de la vigilia, como si quedaran desamparadas mientras dormimos. Yo creía que dormir era tiempo muerto, tiempo de no jugar. Temía que el sueño pudiera cortar o perder los lazos de la memoria, de la experiencia, del conocimiento. Como si dormir fuera una especie de isquemia benigna o natural. Como si en el sueño pudiera mezclarse el saber con el no saber, o el saber del no saber o el no saber del saber. Con los años aprendí el valor curativo y sapiencial de dormir y del sueño. No hay tal isquemia sino al contrario, es otro lugar de saber lo que no se sabe y de no saber lo que se sabe. Sin embargo, debo reconocer que me ha quedado una desconfianza a dormir, Más aún de día. Basta y sobra con la noche. Y no demasiado. Con los años dormir ha traído otra desconfianza: y es que el sueño de una noche se mezcle con otro, infinito.