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Eppur si muove

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EPPUR SI MUOVE
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Cuando éramos niños nuestros juegos de guerra o conquista eran provocados por un deseo irrefrenable de correr o escapar o ir más allá. La pulsión de vida, el eros. Lo decisivo era (es) una energía que ponía el cuerpo y que el mismo cuerpo hacía o necesitaba. Hacerlo lo hace. Se produce mientras se hace. Como un yoga. Eppur si muove, Galileo… Y parecíamos sin freno, incansables. Las madres gritando nuestros nombres en las esquinas para suspender alguna batalla de Crimea e ir a tomar la leche.
Insaciables de movernos, agitar, correr, saltar, trepar. Había momentos que nos golpeábamos pero sin hacernos daño. La lucha era como nuestro baile. Por eso los perros nos seguían.
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De cada conducta hacíamos un entrenamiento y un ejercicio. Una vez en las sierras del La Salle yo gané el juego del Bulldog, escapé en un campo de fútbol a la persecución de 59 compañeros. Y llegué invicto a la línea de meta. Me bautizaron «el bulldog» después de esa módica plenitud.
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Pero eso no era una hazaña. Era una rutina. Lo es. Debe serlo si uno quiere hacer un film a los 94 años como Clint Eastwood. Pequeños clowns o scrums o wines. ¡Unos minis Ignacios de Loyola, Werners Herzogs o Chets Guevaritas de Tablada!
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Fuimos en bici hasta Morteros, Rufino, Sá Pereira, y caminando, éramos como los peregrinos de la Edad Media.
Casi todo lo que hacemos hoy es la traducción de ese deseo irrefrenable de marchar. Irse. Partir. Rajarle a la muerte. Nadie lo hizo mejor que Rimbaud: el fade, desaparecer de un modo tan leve que nuestra ausencia no sea una herida para los otros.
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Marce.