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TOMA ESTE VALS
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La pulpería de Villa Amelia sigue a full en el siglo diecinueve. Los parroquianos, aún con bombachas, espuelas y rebenque; las gallinas sueltas en el salón, y dos alazanes y un tubiano en el parking manual, debajo de la ligustrina.
Eso sí, ahora hay tevé por cable en el salón y le íbamos ganando
a Boca dos a uno cuando lo dejamos, con Andresito.
Me tomé dos ginebras Bols con Fermín, que te manda saludos. Andrés, una Coca, porque iba al volante. No quise explicarle al viejo
cuando me mandó saludarte.
Compré de esos cigarrillos que nunca fumo y las DRF de limón con el perfume de la infancia. La chica del peaje de Coronel Domínguez está encinta, y mientras me demoraba el vuelto hablaba de unas batitas suaves, de oferta, que irá a comprar en La Beige. Azules, dijo, porque ya sabe el sexo.
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Lo que sigue del camino te lo sabés de memoria: el túnel de eucaliptos de Coronel Domínguez y del otro lado de la ruta, la estancia de Delia Garcés donde mi abuela tejía el amparo familiar de lana, sentada en la banquina de un palacio ajeno, al ritmo del mate y las tortas fritas, contándole a mis tías las telenovelas mientras yo andaba a caballo en un palo de escobas.
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Ese túnel de eucaliptos es mi propio Marcel, mi Guermantes, mi Swann. Un cementerio marino más hermoso que el del poema, con sus olas de color de espigas, la sal de tu boca, la espuma de mis manos y tu cara al viento torturando el vals de Lorca, la versión de Cohen: take this waltz, take this waltz, y ahí nomás nos quitábamos la ropa.
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Marce.
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