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Yo dije
con mi habitual filosofía barata
y zapatos de goma,
-y creo que estábamos cruzando Alemania-,
que de todos los transportes,
el tren era el más parecido al amor,
porque se estaba en movimiento
pero había cierta solidez.
Fue la única vez que viajamos juntos,
el viaje duró 7 días.
Era un transiberiano,
una noche cruzamos los Urales
y aparecimos en Rusia o en China.
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Desde entonces,
cada vez que veo un tren
-y ahora los veo seguidos
cargando cereal
en el cruce de Pueblo Esther-
pienso que al menos
el motorman y la máquina
deben ser los mismos,
uno conduce el movimiento
y otro la solidez.
Nosotros no volvimos a vernos.
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del libro El Revés. 2020.
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