Es su serie favorita. La de él y su padre, que este domingo, a la hora de la siesta ceniza de otoño, la están viendo en la habitación 105 del Sanatorio Americano. Un padre y su hijo no parece demasiado entretenimiento: los dos han perdido sus mujeres; los dos son abogados, bastante oscuros, divididos; la fisura habitual de la ley y el espíritu.
El chico tuvo problemas de adicción a las drogas, el padre, a las mujeres. Son como dos Jekill y Hyde en Pittsburg, por las noches se pierden, y de día tratan de salvarse. Y si les queda tiempo, tratan de salvar al mundo, como Pinky y Cerebro. El padre rico es defensor de grandes corporaciones. El hijo hace una probation en servicios sociales para justiciables pobres.
Nunca tienen desahogos los capítulos, pero lo que les gusta a ellos dos, a Esteban y al Oski, es el espejo: el amor de esos dos hombres que resisten y siguen viviendo con la ausencia, con la enfermedad, con las bifurcadas de la vida. El pibe se equivoca de consuelo, el viejo se enamora de una puta y nunca nada se resuelve rápido ni simple ni cómodo a las conciencias del dogma. No magic, please. All you need is love… Amor, droga, precios, nada de metonimias facilongas. Que no importe ganar, a ellos la serie les gusta por el equipo. Un buen hincha de fútbol sabe de qué estamos hablando. De qué hablamos cuando hablamos de un padre y un hijo.
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Y hoy domingo, es la primera vez que les toca verla en un sanatorio. Es un capítulo donde el hijo hace el protagónico. El hijo es el guardián ahora. La ley de vida. El padre puso la bacinilla, el hijo la chata; aquél puso el andador, éste lo carga hasta el inodoro con el suero en ristre. Controla su transfusión como el otro tantas veces tuvo el termómetro infantil. El dolor se vuelve dulzura cuando la mirada se vuelve espejo.
El chico podría quedarse todo el día viendo esa serie. Ni siquiera hace falta llegar al espacio publicitario o el fade final. El guión reparte asaz un instante sublime: la duermevela dolorida del padre, que cada vez que abre los ojos, sonríe.
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Yo dijecon mi habitual filosofía baratay zapatos de goma,-y creo que estábamos cruzando Alemania-,que de todos los transportes,el tren era el más parecido al amor,porque …