«El cable urgente decía: en las afueras de Querelquelche, pueblo de la región de Nunes, esta madrugada, aunque la hora es imprecisa, se encontró el cadáver de un hombre (presumiblemente), asesinado. Se le halló semidesnudo, con el rostro arrasado de golpes con algún objeto contundente (pala, adoquín, culata de Fal), sangrante, y muchos orificios de bala, en torso, espalda y miembros superiores e inferiores. Ya no sangraba a la hora del hallazgo de las autoridades (que suele ser mucho más tarde del suceso, pues al lugar del hecho suelen llegar primero los curiosos, incluso los móviles periodísticos, y recién más tarde, y como poco, a las dos horas, la policía y las ambulancias, toda vez que el testigo y denunciante, Ismael Andino, albañil de profesión, vecino de Tunuyán, denunciara, una hora más tarde en el destacamento vial del pueblo, que hacia el kilómetro doce (todo aproximado, variable y desleído), en una aguada lindante al camino nacional número 7, había entrevisto un bulto quieto de un animal semihundido, el que finalmente le resultó un ser humano, masculino, para más certeza, y que se trataba de la víctima, aunque esto no es del todo seguro, dijo Ismael, porque nadie sabe las circunstancias de una muerte, si fueran justas, necesarias, accidentales o inevitables.
Ya era la tarde de ese día y el cuerpo seguía tirado en la zanja a la espera de otros policías, unos que se llaman inspectores, peritos, jueces, secretarios y todo un equipo con aparatos de tomar huellas, luminol en el desierto, normas y jergas. Solo en poner el gazebo se tardaron dos horas y al final llegó la noche y aún no habían empezado la pesquisa, la investigación que tratará de discernir cómo fueron las cosas y luego, indicará qué habrá de hacerse para saber el resto, y quizá poner remedio, o un acto de justicia, o al menos, algo que arrime a la verdad, si es que tal cosa existe o al menos, brindar algunas explicaciones, o interpretaciones, algo más serio que esas otras veces en que toda la desgracia se atribuye a lobizones, luces malas, la fatalidad o una cosa tan resfalosa como el cuchillito de Ascasubi, que a propósito, era de esta zona: «un lugar de la pampa de cuyo nombre no quiero acordarme».
–¿Y usté, qué dice Ismael…?-comentó el ujier-. Según todas las evidencias, Mariano Moreno no se ahogó aquel día, y menos que Saavedra no lo odiara tanto. Moreno salió a nadar al océano, le gustaba hacer deportes, Guadalupe Cuenca lo tenía cortito con la dieta. Mucho del estilo crawl, mariposa y espalda. Ya habrá llegado el revoltoso a las costas de Namibia o de Angola. No se aflija Ismael. Mañana enviaremos un exhorto…!