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El hotel donde soñaba Perón (p- 146)

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«La cara de Leila fulgura como sólo sucede a los enamorados de un espíritu. Ella no sabe que está repitiendo una escena de un film de Liliana Cavani o de la autobiografía de Lou Andreas Salomé que está leyendo. Ella escribirá más adelante que el espíritu, el amor al espíritu de alguien, es el camino más fuerte para llegar al sexo. Por eso su hermano Javier la llamó «Andrea Lú». Debe ser por eso que su cara está resplandeciente en ese lobby en penumbra y feliz, ahora que lo ve a Esteban a tiro de un beso, beso que no se darán allí por supuesto, aunque una mujer sabe, en el momento que está frente a un hombre, si van a besarse o no. Ella sabe que sí y disfruta a cuenta. Esteban quedará cautivado para siempre por ese instante, aunque raramente volverá a ver esa sonrisa. La de los dos juntos.
En ese momento, en el palier, ella le ruega que la deje acompañarlo, que la tertulia también le resulta obvia y aburrida como puede ser cuando un grupo de socialistas o peronistas de café, no hacen otra cosa que hablar mal de los conservadores, aunque viven de sus prebendas. Salen. Caminan dos horas por el Parque Scalabrini. El paseo y la charla terminan con estas líneas de diálogo, Leila dice:
–No hablaste nada en lo de tus amigos.
–Ya no. Antes hablaba.
–… es medio amargo eso.
–Sí. Ponele.
–Parecés nihilista.
–No. Asqueado solamente»».
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EL HOTEL DONDE SOÑABA PERÓN, pag. 147.
2017. Ed HomoSapiens Ediciones

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