En una época eran las palabras y las cosas. Ambas. El realismo aristotélico y las dos eran sólidas, fundantes, por ejemplo, la palabra «amor» o la palabra «política» y un objeto esencial como la cocina «Carelli» de Haroldo Conti, o el tractor de su hermano Polo y la tierra donde sembrar. El lenguaje fue desmontando el realismo (como forma literaria), Joyce, Macedonio, Rulfo. Y el proceso postindustrial de los 80 y 90 fue transformando casi todas las cosas en descartables, y luego, ahora, en basura. Todo por dos pesos, Temulinda y Sheinbeauty. El diseño intentó ser una alianza entre la distinción y la conveniencia, pero ganó la última, y aún las cosas bellas hoy son efímeras y tardan poco en convertirse en trastos. Todos los días estoy a punto de pedirle disculpas a Fukuyama.
¿Y las palabras? Todavía resisten, el lenguaje ha evolucionado y aún sigue siendo el gran refugio humano, las palabras siguen siendo el ojo (Wallace Stevens) por el que se puede ver la única realidad humana, una realidad inmaterial, una realidad no-cosa, no descartable, no basura. Las palabras siguen siendo actos (Sartre), decir sí, decir no, decir «te quiero». Escribir un relato donde Bioy Casares diga «cuando cruce el puente estaré en otro lugar» (Plan de evasión), es lo más real que podés conseguir, y lo más humano, ver el puente, ver el movimiento, ver el agua debajo, ver el horizonte uruguayo. Defendamos lo irreal, lo inmaterial, las palabras, las ideas, una pintura abstracta, una foto cotidiana, un film de Tarkovsky, un acorde de Bach, las manos de Martha Argerich, lo que bulle en la cabeza de Faustino Oro frente al tablero de ajedrez, un algoritmo de Alan Turing, la alcantarilla de Pizarnik, los niños en peligro de Schweblin y las chicas muertas de Selva. Todas cosas que no son reales pero son la realidad.
¿Qué otra cosa atesoraba Funes el memorioso (un peón rural analfabeto de 19 años) o su padre, Borges, que no podía ver las cosas sino lenguaje, palabras, frases…?
Nuestro futuro, casi un refugio nuclear (nuestra cabeza) deberá seguir siendo el lenguaje, en particular la ficción, que fue creada para soportar y trascender el realismo, las cosas, la basura: salvemos el planeta, salvemos el logos, el lenguaje, el significante y el significado, porque si «él me dice hasta mañana, yo sé que el mañana llegará» (Clarice Lispector).
¡Qué frío hace hoy! Habrá que abrigarse, con la bufanda naranja del soneto 22 de Shakespeare en el verso que dice: «Tu rostro es el único ropaje que abriga mi corazón».