LA TERAPIA
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Nunca antes revelé el secreto de cómo superé los ataques de pánico. Yo era un caso grave; gravísimo, diría. Comenzó casi imperceptiblemente. Cuando entraba en un lugar, lo primero que hacía era buscar las rutas de escape más rápidas. Mi cerebro no servía para asimilar nada, si antes no imaginaba cómo escaparía de donde me encontrara. En la facultad, en los bares, en todas partes me situaba cerca de las salidas. El deseo de escabullirme comenzaba a hacerse irrefrenable hasta que huía. Huía. Sólo huía a refugiarme en mi habitación donde la sensación se hacía un poco más tolerable. A duras penas y por imposición de mi familia comencé a deambular por los consultorios de psiquiatras y psicólogos. Rara vez llegaba a la consulta. Huía antes.
No existía motivo que pudiera haber afectado mi psiquis. No había nada para contarle a un psiquiatra, y no tenía la más mínima intención de relatar mis confidencias insulsas a nadie. Uno se enferma y punto. Los porqués son especulaciones incomprobables y rara vez ayudan. Los médicos no tienen por qué investigar cómo fue que uno se enfermó. House es capaz de allanar la casa de los enfermos, pero de puro chusma nomás.
Siempre pensé que los ataques de pánico son una refinada manifestación de la fuerza más poderosa que existe: la estupidez humana.
Por eso me sorprendió que por una vez, primara el instinto. Aunque pensándolo mejor, creo que el propio instinto del hombre debe ser una estupidez de mayor peso que los ataques de pánico.
Digo esto, porque un día caí en el consultorio de la doctora Josefina Bellagamba y el solo verla asomarse frente a mi vista, abortó mi inminente huída.
No recuerdo ninguna mujer más sexy que la doctora. Me ganó el deseo de estar cerca de ella, estudiar sus formas y sus movimientos lo más disimuladamente posible. Me dejé cautivar con su manera profesional de hablar obviedades como si fueran grandes revelaciones. ¡Con qué gusto dejaba que ella se situara en un plano de superioridad ante mí! Yo le daba la razón en todo y le hacía creer que era su ciencia, y no sus caderas y sus tetas, lo que me estaba curando.
No tardé en darme cuenta que tenía que hacer todo lo posible por mantener su interés en mí. Cuando le contaba algo que le interesaba, hacía movimientos zigzagueantes en su sillón, como una gata. Eran una delicia. Hasta parecía que ronroneaba. Cuando hablaba de homosexualidad se inclinaba hacia adelante como ofreciéndome el contenido de su escote.
Recuerdo que puso mucho énfasis en mis amistades. Se me ocurrió que mis amistades debían ser gente marginal y retorcida. Eso le iba a interesar, supuse. De alguna manera, yo me acercaba hacia los compañeros de estudios impopulares o ellos se acercaban a mí. Eso resultó ser muy revelador para mi caso, según ella.
Le hablé de mis amistades un poco a sus ojos y mucho más a sus tetas que pugnaban por escaparse del escote. Le conté los casos de Rosita, la ninfómana virgen; Gabriel, el exhibicionista vergonzoso, Adrián, el voyerista miope…. El que más le interesó fue el de Jeremías, el gordo tres mil milanesas.
Jeremías venía de un pueblo pequeño y tenía una especie de estigma social. Cuando los padres de Jeremías eran novios, al parecer la religión se les había metido hondo en sus mentes pueblerinas y reservaban la virginidad para el matrimonio. Un buen día, ella le dijo a él, que estaba embarazada del Espíritu Santo. Evidentemente no era la religión lo que se había metido en ella. Pero él estaba orgulloso de su papel de San José en el evangelio contemporáneo que comenzó a redactar. Pregonó la buena nueva a todo el mundo, y se casó con la virgen María. ¡Pobre! La gente no es tonta. Se podría contar ese verso durante dos mil años seguidos, que nadie lo creería jamás. La gente no es tonta. Ni con puré de viagra el Espíritu Santo podría volver a procrear.
Ese fue el origen de Jeremías, el gordo tres mil milanesas, y de su estigma. Para mayor entretenimiento del pequeño pueblo, lejos de obrar milagros y predicar virtudes, el gordo salió puto. El escote de la doctora ameritaba que el pobre gordo también fuese puto.
En las consultas, me sentía una especie de Sherezade. La doctora se pavoneaba del avance que efectuábamos en el tratamiento, aunque no era el tipo de avance que a uno le hubiera gustado realizar con ella.
Sin embargo, todo era un regodeo visual. El mandato masculino que obliga al menos a fantasear con semejante hembra, extrañamente no se presentó. Fue reemplazado por el placer de despertar interés contando historias, complementado con el relojeo del escote que cada vez era menos disimulado. La psicología diría que lo mío era algún tipo de perversión… ¡A la mierda con la psicología!
El caso es que entre relatos picantes, caderas serpenteantes y tetas rebalsantes, los ataques desaparecieron tan misteriosamente como habían surgido. El pánico sigue existiendo, no ya en forma de ataque, sino dentro del cauce natural de ser una condición del ser humano. Volví a tomar conciencia de que todo es una gran cárcel y no hay puerta de salida. Toda puerta no hace más que comunicar una celda con otra.
La doctora fue quien dio por finalizada mi terapia y me declaró curado contradiciendo aquello de que la psiquiatría es la ciencia de transformar un paciente en un cliente.
La sensación opresiva de pánico sigue ahí; ahora mismo tengo ganas de salir corriendo. Pero también está el gozo de saber que le di a ella la satisfacción de considerarme curado. Gozo más estúpido no puede haber, pero puedo decir sin mentir, que brindé satisfacción a semejante hembra.
En fin. Estaba rebuena, y creo que nadie la satisfizo más que yo, porque… entre nosotros… me consta que era frígida.
Fernando Artana
