Nunca supe lo que había tras esa puerta, me llamaba poderosamente la atención pues siempre que pasaba cerca escuchaba una de mis canciones preferidas sonando o alguien recitando los versos más hermosos que alguna vez oí. A veces eran palabras de angustia, otras palabras de alegría. Mi día no era el mismo luego de ese encuentro.
Una tarde de lluvia, con ese rico olor a humedad que siempre esta presente, decidí tomarle una foto al frente de la casa. Creo que hasta mi propia cámara quedo sorprendida después de retratar ese espacio.
Entrar en ese edificio se había convertido en uno de mis grandes sueños, esperaba algún día tener el coraje suficiente para golpear esa puerta.
La verdad es que soy algo temeroso en cuanto a lo nuevo y esta vez no era la excepción.
Quizás estaba buscando entrar ahí para buscar un refugio o simplemente necesitaba vencer mis miedos con esta aventura.
Luego de un verano caluroso lleno de idas y vueltas que disfruté, tome la decisión de entrar. Recuerdo que era martes y en mi cara estaba dibujada una sonrisa jamás vista en mí.
Busqué en mi cabeza la manera de entrar, me llené de dudas pero finalmente decidí tocar el timbre, el primero de todos. El nombre estaba borrado por la lluvia y no alcanzaba a leerlo. Nadie me contestó pero eso no consiguió detenerme. Observé lentamente la puerta y por una de esas casualidades que no tienen respuesta, estaba abierta. Sin pensarlo dos veces la empujé y con un poco de timidez di mis primeros pasos. Para mi sorpresa no sentía miedo, subí la escalera con un piano sonando de fondo que parecía seguir cada uno de mis movimientos.
Al llegar a la parte superior del edificio, que tenia ese toque antiguo europeo, me quedé paralizado, no por temor ni por ninguna sensación de incomodidad sino porque detrás de la puerta con la placa de bronce, estaban todas las respuestas que había estado buscando luego de tantos años y el miedo partió junto a todas mis dudas. No voy a decir lo que encontré ahí adentro. Solo mencionar que fue maravilloso y que romper todas mis trabas fue lo más certero que hice en mi vida.
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NICOLÁS MARCUCCI
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es estudiante, 19 años, acaba de comenzar el taller.
