Cuántos recovecos existen en el laberinto de la urbe. Sí, pienso en el espacio del taller literario como un recoveco de la ciudad que tiene las características de esos lugares infantiles que a la vez que ocultan permiten la construcción de un mundo propio lleno de misterios. Puede pasar aquí cuanto imaginemos con sólo pronunciar una palabra o realizar un gesto ritual. A medida que uno se va acercando, se aleja. Como detrás de un biombo, en una ciudad de llanura, se ingresa a una calle en declive; al asomarse luego a la bocacalle curvilínea y asimétrica, no sólo vemos señales de una antigua ciudad portuaria, sino que intuimos, además, los secretos que esconden esos restos de historia urbana. El paisaje se completa con una mezcla sincrética de construcciones a la vera de una corriente ordenada y mansa de adoquines que transmiten, todavía, el calor artesanal de las manos que los colocaron uno por uno. En este horario no transita casi gente y la penumbra de la luz amarillenta del mercurio le agrega un clima propio de un set de rodaje cinematográfico. El número asignado por catastro me ubicó frente a una puerta, de dimensiones similares a la de Alí Baba y prometía, por lo menos, un circuito de catacumbas. Busqué algunas de las palabras mágicas para que se abriera y supuse que “escuela” no era, me incliné entonces por otra que refería a una “scala”. Con esa contraseña entré. La luz pálida y una escalera cerrada acusaban el cansancio de un edificio con muchas batallas perdidas. La estancia no con menos recovecos y repleto de palabras e imágenes componían una estética barroca muy original. Hoy descubrí un lugar de la ciudad que apenas se divisa en medio de los escombros del vértigo tecnológico.
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Los sábados, en doble jornada, me dedico a recorrer la librería de usados. Una peregrinación, casi religiosa, en busca de aquellos libros que, por alguna razón u otra, ya no aparecen en las librerías corrientes, pero que algún intertexto cómplice lo convirtió en una utopía. Desde hace aproximadamente un año no doy un batacazo, fue cuando conseguí perdido un una larga mesa Las culturas condenadas de Roa Bastos. ¡Ah! ¡Qué placer! Fue como salvarnos mutuamente, hacía cinco años que lo tenía en mi lista de los sábados. En estos momentos, luego de la búsqueda regular, comencé a seguir Crítica y ficción de Piglia, y no hay caso, está agotado y el que lo tiene parece que lo entregará último de todos. Mi interés, no abarca directamente el fetichismo de los libros, sino el de la lectura y es el mismo que me llevó a la búsqueda de un taller literario. Luego de esquivar de manera elegante un sin fin de prejuicios, me decidí a iniciar uno, no sin antes buscar señales milagrosas que confirmen mi decisión. Llegó el día del inicio de los encuentros y la señal no había llegado. Entré al estudio con la expectativa de lo desconocido y comencé el escaneo de todo el lugar, sobre todo de las muebles y anaqueles cargados de libros y autores que acompañaban la velada. Fueron entrando en una coctelera de manera desordenada, Roth, Salón de Billares, Auster, Thomas Wolfe, Seix Barral… Podía ver todos sin mirar ninguno. Ya con la mirada suelta, sin ningún tipo de intensión, clavé la mirada casi en el vacío, mientras pensaba en esa relación entre los animales, el lenguaje y el ser humano. El mundo de objetos que me circundaba desapareció y ví, con toda claridad el lomo de un solo libro en el extremo inferior izquierdo del mueble que tenía frente a mí. Tapa negra con el clásico diseño de Anagrama, era Crítica y ficción de Ricardo Piglia. Fue una buena señal, pensé, y aunque ahora no sé si fue un espejismo el próximo jueves lo voy a confirmar.
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LUCAS ALMADA
Lucas también es nuevo aquí, pero no en la literatura, por lo que se lee..
