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MARÌA Z. VILLALBA

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                                                                                                    Omsk,  20 de Agosto

Querida Inga

Hoy fue un día muy particular, no sé si  el verano se está despidiendo  muy rápido; o quizá la emoción y los recuerdos moldean las distancias, los paisajes familiares, el antes y el después  y te diría que hasta el color del cielo me sorprendió con un gris casi ceniciento como nunca antes lo había visto, pleno de sensaciones.

En estos momentos estoy en mi cuarto, en el viejo hotel, esperando saborear esa  sopa de repollo, papas y tomates que tanto nos gustaba; me parece sentir su aroma en el comedor de casa y los roces de las cucharas.

Estuve caminando cerca del río, me senté un rato entre los árboles, frente al viejo puente ferroviario. En los alrededores hay construcciones bajas, todas iguales, casi sin sueños. Me costó encontrar  aquel gran descampado donde íbamos a jugar del otro lado del puente. Se ha transformado en una placita con juegos nuevos, con niños que inventan otra historia  mientras la hamaca sube hasta las nubes; con la misma alegría con que nosotros jugábamos a la pelota. Como en la foto que había sacado mamá, donde yo estaba todavía con muletas. Antes siempre iba verlos aunque no pudiera jugar con ellos, pero los alentaba; creo que por eso me invitaron cuando me vieron con las muletas. Era feliz, con mi silla,  mi cámara y tus enojos. Te enojabas porque te robaba un poco a mamá en esos tiempos, y sobre todo después del accidente; pero también con la fotografía, me gustaba tanto como a ella. Aprendí mucho en esos años, nunca olvidaré la primera vez que miré fotografías de Cartier-Bresson en un catálogo, sobre todo aquella del niño con muletas, en Sevilla en 1933; todo a su alrededor estaba destruido por la guerra y aún así, en su inocencia, jugaba y reía.

Querida hermana, te he extrañado hoy, varias veces cerré mis ojos y sentí todo tan lejos y  a la vez tan cerca, tantas cosas han cambiado y otras permanecen indelebles, son quizá las araduras que la vida imprime en nosotros, en el paisaje, en las voces; por eso en lugar de enviarte un mail, preferí escribirte esta carta, donde cada trazo en el papel las rememora. Estoy seguro que nos volveremos a reunir para celebrar en alguna noche blanca, pero mientras tanto,  aquí  todo está como en aquel entonces, el alma se reconoce en ese “tiempo  siempre abundante; a menudo esta ciudad está fuera del tiempo y… de comprenderlo”

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                                                                     Te recuerda, Andrey

P/D Te envío dos mis fotos más queridas, la mía y la del niño de Sevilla