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RILKE

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                                             LA PARTIDA DEL HIJO PRÓDIGO

Alejarse ahora de todo esto confuso,

Que es nuestro pero no nos pertenece,

Que, como el agua en las viejas fuentes,

Nos refleja temblando y descompone la imagen;

De todo esto, que como con espinas

Se agarra una vez más a nosotros… alejarse

Y a esto y a éste,

Que ya no veíamos

(tan cotidianos y acostumbrados eran),

Contemplarlos de pronto: suaves, conciliadores

Y como en un principio y de cerca;

Y presintiendo comprender que impersonalmente,

Qué por igual cayó el sufrimiento sobre todos,

Del que la infancia estaba llena hasta el borde:

Y sin embargo irse entonces, arrancando la mano

de la mano,

como desgarrando de nuevo algo ya sanado,

y marcharse: ¿a dónde? A lo incierto,

lejos, a un país cálido e inmóvil,

que tras toda acción, como un decorado,

seguirá indiferente: jardín o muro;

y marcharse: ¿Por qué? Por impulso, por

temperamento, por impaciencia, por esperanza oscura,

por incomprensibilidad y por incomprensión.

Tomar todo esto sobre sí y en vano

Dejar caer algo que quizá se tenía,

Para morir solo, sin saber por qué…

¿Es esto la entrada a una nueva vida?

 EL HUERTO DE LOS OLIVOS

Él subía bajo el follaje gris,

Todo gris y confundido con el olivar,

Y metió su frente llena de polvo

Muy dentro de lo polvoriento de sus manos

Calientes.

Después de todo, esto. Y esto era el final.

Ahora debo irme, mientras pierdo la vista,

Y por qué quieres que tengas que decir

Que existes, si yo mismo ya no Te encuentro.

Ya no Te encuentro. No, en mí, no.

Ni en los otros. Ni en esta piedra.

Ya no te encuentro. Estoy solo.

Estoy solo con la pena de todos los hombres,

Que yo intenté aliviar a través de Ti,

Que no existes. Oh vergüenza sin nombre…

Más tarde se contaba: vino un ángel…

¿Por qué un ángel? Ay, vino la noche

Y hojeaba indiferente en los árboles.

Los apóstoles se movieron en sueños.

¿Por qué un ángel? Ay, vino la noche.

La noche que vino no era extraordinaria;

Así pasan cientos de ellas.

En ellas duermen perros, en ellas yacen piedras.

Ay, una triste, ay, una cualquiera,

Que espera hasta que vuelva a amanecer.

Pues los ángeles no vienen a tales rezadores

Y en torno a ellos las noches no se agrandan.

A los que se pierden a sí mismos todos les abandona,

Y están abandonados por los padres

Y excluidos del regazo de las madres.

  QUEJA DE MUCHACHA

Esa inclinación, en los años

En que todas éramos niñas,

A estar mucho tiempo solas, era dulce;

A otras se les iba el tiempo en lucha,

Y cada una tenía su banda,

Su cercanía, su lejanía,

Un camino, un animal, una imagen.

Y yo pensaba aún que la vida

Nunca cesaría de hacer

Que reflexionáramos.

¿No estoy en mí en lo más grande?

¿No ha de consolarme ya lo mío

 y comprenderme como cuando era niña?

De pronto estoy como repudiada,

Y en algo demasiado grande

Se me convierte esta soledad

Cuando, sobre los cerros de mis pechos,

Erguido, mi sentir reclama a gritos

Tener alas o tener fin.

CANCIÓN DE AMOR

¿Cómo debo poner el alma, para

Que no roce la tuya? ¿Cómo debo

Alzarla sobre ti, hacia otras cosas?

Ay, quisiera guardarla

Junto a algo perdido, por lo oscuro,

En un lugar extraño y silencioso,

Que ya no resonara cuando tu hondura vibra.

Pero cuanto nos roza,  a ti y a mí,

Nos lleva juntos, cual arco de violín

Que saca de dos cuerdas una nota.

¿En qué instrumento estamos extendidos?

¿Qué violinista nos tiene en la mano?

¡Oh, qué dulce canción!

 –

Rainer María Rilke

, 1875-1926

Ed. Losada, p. 89-94,

Cartas a un joven poeta y poemas.-