.
–
Clara está tumbada sobre la cama, aparta el libro que está leyendo y mira hacia la ventana. Afuera hace una tarde gris, como la de aquel invierno húmedo en Buenos Aires, en un viaje que hizo junto al que era su novio entonces. Ese día habían decidido salir a recorrer librerías. Sobre la calle Corrientes descubrieron una de segunda. Era un rectángulo iluminado por un sucio tubo fluorescente, y estaba dividido por un tabique en el que se exhibían libros sobre los estantes puestos a cada lado. Quedaban así, dos pasillos largos en los que apenas entraba la luz pálida de la calle. En los tablones había libros de saldo y muchas revistas viejas de cocina y de música clásica. De pronto Clara, que por inercia y sin fe tanteaba algunos lomos, tuvo la primera revelación de la tarde: encontró La Sociedad Carnívora, en una edición del año 69 que salía trece pesos. ¡Toda la mística de una generación derrotada en ese librito naranja! Puso los ojos en blanco, se lo llevó contra el pecho y se dirigió a la caja. Quería que fuese suyo inmediatamente, porque estaba segura que no quedaban ejemplares de la tirada del 69 en ningún otro rincón del mundo. El hombre viejo que atendía en el lugar advirtió que no tenía cambio. Clara tenía tal ansiedad que lo pagó a quince. Pero no se fueron. Marcos estaba al otro lado del tabique, absorto leyendo algo que a Clara no le importaba y decidió paciente seguir con su búsqueda desinteresada, ya tenía en su poder la reliquia. Fue así que la joven experimentó su segunda revelación: Ahí estaba Noche terrible de Roberto Arlt, un librito de muestra que ella ya tenía y había leído hacía tiempo. Se mordió el labio inferior y pensó “me lo robo”. Desde la penumbra que reinaba, miró a su alrededor y advirtió que en la librería no había nadie, salvo Marcos que seguía en lo suyo mientras el hombre hacía cuentas detrás del mostrador. Para no despertar sospechas, interrumpió al vendedor con el librito en la mano y le preguntó el precio. Costaba ocho pesos, pero de un momento a otro el valor de esas paginitas pasaría a ser inconmensurable. Se volvió al rincón, fingió interés en revistas de tejido pero sosteniendo en una mano el libro, como si lo fuese a comprar. Se apoyó contra una mesa y dejó deslizar en el bolsillo de su saco el folletín. Ahora si, le habían empezado a sudar las manos y las axilas. Quiso salir corriendo pero se contuvo en rodeos, revió las revistas que ya había fingido leer, e impostó la calma y el interés de lectora aburrida que había mostrado minutos atrás. Tenía que disimular el apuro inusitado por arrastrar a Marcos y huir de aquella cueva polvorienta para volver al caos porteño y por fin, entre los autos, el smog y las personas de calle Corrientes, sacar de su bolsillo la rapiña arltiana y con una sonrisa gigante decirle : tomá, lo robé para vos.
–
EUGENIA