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LAUTARO COSSIA

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Domingo de cenizas

A las siete horas doce minutos de aquel domingo trágico, Oscar Rossini salió de su casa. Caminó despacio hasta la parada de Urquiza y Paraguay, esquivando los charcos acumulados por la lluvia, y esperó. A las siete y dieciocho minutos le haría señas al colectivo de la línea 103; una costumbre que llevaba seis años y había sabido acomodar a las impuntualidades del servicio. Dos autos cruzaron por Urquiza y uno por Paraguay, con dirección al sur. Él vio a una muchacha de pelo revuelto y pies desnudos, resignada a chapotear en las veredas desparejas del centro rosarino. La imaginó húmeda y con una calabaza en sus manos. Las campanadas de la Iglesia acababan de informar que eran las siete y quince minutos de ese mismo domingo trágico. Y entre las últimas sombras de la ochava pudo percibir el movimiento brusco de un puñado de frazadas polvorientas, como denunciando una triple alteración del sueño: los primeros rumores del día, la puntualidad anglicana, las luces del alba. Cuando Rossini subió al colectivo ese pintoresquismo urbano de cenicientas en celo y mendigos se había evaporado, entonces dejó de pensar en el tiempo.

Cincuenta y tres cuadras en colectivo y seis a pie lo separaban del monoblock 14, barrio Grandoli. Luego subiría los tres pisos de la torre 24, toc toc, siempre dos golpes, y aguardaría ser atendido en el departamento 55, respetando las formalidades de un pudor añejo. La conversión del tiempo en espacio era el modo que había encontrado Rossini para medir las distancias: la métrica diseñada constaba de cinco postas, a diez cuadras cada una, y un parador final, ubicado en el extremo sur de la plazoleta Humbert II. Él se acomodaba en la octava fila de asientos, vereda par, equidistante de los pocos pasajeros que la hora y el día ponían de acompañantes. Que los cinco mojones estuvieran del lado impar lo obligaba a direccionar la mirada hacia la derecha, atravesando el pasillo, los asientos y las ventanas, permitiéndole además escrutar el perfil azaroso de los demás pasajeros. Esa mañana trágica de domingo, a la altura del restaurante La Grieta, veinte cuadras exactas del punto de partida, viajaban tres hombres y una mujer, todos solos y dispuestos en los asientos delanteros. Uno de ellos dormía y despertaba a cada rebote de cabeza contra el vidrio; el resto parecía no pensar en nada. Rossini vio, en una parada cualquiera, entre las postas tres y cuatro, subir a una pareja adolescente, y vio como pasaban a su lado, dejando ella una estela de barro con sus zapatos de vaire –óyelo óyelo bien / hay sangre en su pie / el zapato le aprieta / la novia está chueca-. 

Contra sus previsiones se montaron uno sobre el otro, a sus espaldas, del lado par, desde donde llegaba un baboseo quejoso y risitas cómplices de la falsa princesa. ¿Me miran? ¿Y por qué se ríe esa turra? Quinta posta. Rossini lee Quiosco Tenemo Aguante, y sabe que en unos segundos habrá de levantarse y al girar la cabeza no podrá evitar una mirada, y será una mirada gastada que; ah! mejor que está concentrada en él, turra de mierda; entonces Rossini llega a la puerta trasera sin fatiga, reimprimiendo los pasos de la impostora –/ hay sangre en su pie / el zapato le aprieta /- y toca el timbre y se distrae observando a la vieja Angelina, tan añosa como él, arrastrada por su perro rumbo a la plazoleta del barrio. A las cincuenta y tres cuadras exactas el colectivo se detiene y Rossini dibuja en su cabeza un trayecto simple y abstracto de rectas, curvas y escaleras en caracol. Alarga el paso tratando de evitar el cordón mojado, pero su suela resbala en el barro recién acumulado y cae.

La caída es lenta. Igual propaga un chasquido audible entre los ruidos del motor del 103, que acelerado empieza a alejarse. La vieja Angelina se da vuelta movida por el instinto y la curiosidad. El animal, en cambio, se muestra urgido o desatento y cincha hasta que la mano de su dueña se desliza y suelta amarras. Por un instante Angelina, una mueca en la cara de Angelina, cruza burla y reproche con los ojos de Oscar. ¡Mammone estúpido!, piensa ella. Todo antes que las dos palomas detenidas sobre el pavimento levanten vuelo. Crash. El perro es arrollado por un auto que continua su viaje al sur. La primera víctima de una serie inquietante.

                                                                  LAUTARO