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MARCELO SCALONA

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NO SABIENDO PARA QUÉ

(Novela, 2° parte de EL PORTADOR, Ed. Homo Sapiens, 2010)

 

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Esteban salía de uno de sus habituales períodos de ensoñación, aunque éste había sido más largo, como dos años de una muerte dulce, el escape de gas de la estufa o el ovillo humano tiritando en el atrio de la iglesia. Dos años en la grieta de la metástasis, los aprestos para el barco de Caronte, un camarote de dos plazas, la próstata del padre, el útero de la madre, el lugar del hijo. Dos años esperando a Godot, y mientras tanto, una chica se tiró a su patio del piso 14 del edificio contiguo; su albañil favorito, hermano del Negro Laertes, se colgó de un tirante; y el asedio llegó al colmo cuando murió Fabricio, el poeta de los poetas de Rosario, la musa, el último talismán burlador de la muerte. Ni que hablar de ella, no sabía cómo ni cuándo se había hecho la ella sin sombra. Tengo que ser cortés, éste es el momento, si no leíste a Macedonio, no sigas leyendo.

 

 

El primer mail llegó a finales de febrero, a un mes exacto del último entierro y pensó en la agenda del personaje de Rilke, El Sepulturero. Hotel Almagro Ediciones le proponía un cronograma de presentaciones de libros, algunos alumnos suyos, otros no, pero todos escritores, y a cambio de lo cual, era probable que leyeran una novela suya mal editada, enrarecida, olvidada, y quizá después de las presentaciones, a modo de salario, la reeditaran, pero eso sí, entonces, él no podría presentarla y habría que buscar otro locutor. La persona que llamó de la editorial para confirmar la llegada del mail usó el término locutor. En ese instante Esteban pensó en el título de un cuento, Locutores soñaron poemas, que se hubiera podido escribir en el Hotel Almagro y esconderlo en un doblefondo de un placard o detrás de la luna del espejo, e incluso, en alguna grieta de mampostería que siempre hay en esos edificios viejos y húmedos de calle Rivadavia y Castro Barros.

El 27 de marzo (San Alejandro de Disipara, patriarca de Alejandría), debía presentar la novela “Llueve sobre los rieles” de Alejandro Hugolini. Le sonaba el autor de unas clases de Historia de la Cultura del Padre Barufaldi, el único cura en el mundo que comprendió a Nietszche, a Kierkegaard  y a John William Cook. O que los había leído. Recordaba eidéticamente que Hugolini en una clase de Sócrates había preguntado a Barufaldi si la expresión “solo sé que no sé nada” era un acto de humildad del filósofo y el cura dijo que no, que era de estricto realismo aristotélico. Pregunta y respuesta, los hizo a los tres, compañeros de bar nocturno en la primavera alfonsinista. Esteban recordaba que en esa época había un gran escritor argentino llamado César Aira. Clickeó responder y aceptó el cronograma de presentaciones de la editorial Hotel Almagro, sin sopesar que le llevaría todo el otoño hacer el locutor de tantos libros, aunque sí pensó que la peor parte la llevan los árboles.

A vuelta de mail pidió los originales de Hugolini no sin antes atisbar feliz en las redes sociales, las fotos de las Virginias Gulfes que seguirían en la temporada de otoño, Carolina Musa, Natalia Massei, Laura Rossi y Silvia Tombolini. Son mujeres, le decía siempre Fabricio. Chelo, deciles que me quedan tres meses de vida. Leen, escriben, pero son mujeres, decí que sí… son mujeres Chelo. A ver, a ver… creyó reconocer a la última y dijo:

– ¡Qué buena está la hermana de Jorge!

-¿Qué Jorge…?

– Jorgito, ya probaste el chiquito, ahora probá el grandote. Y esa risotada del Rengo.

Esteban lo tiene grabado en un mensaje en el fijo. Ese mensaje y otros cinco de su vieja preguntándole si irá a almorzar, si tiene que lavar camisas, si llegó de Buenos Aires y si de una vez por todas le irá a arreglar la video y el tele, porque su hermano Javier, el abogado, le desconcha todas las conexiones cuando se pone a ver la peli “La Fuga”, de madrugada.

Esteban tiene un rito que aprendió de Monterroso, los domingos, a las siete de la tarde, mueve su sillón poltrona del living donde da sus talleres literarios, hasta el teléfono Panasonic donde están grabados los mensajes. Se sirve un Chivas Regal en un vaso de precipitados, al milímetro, de una botella que le regaló la autora de “Maraña” (Natalia Massei lo conducirá el 10 de mayo), para escanciarlo con el rigor de una frase de Di Benedetto, y aprieta el play por esos 5 mensajes. Y los repite. Y llora, claro, igual que Monterroso con el final de Karamazov.

 

 

Esteban tenía siete años cuando supo por primera vez cómo era el mundo de los adultos. Era un día de lluvia y miraba a la calle por la ventana de la casa de infancia. Llamó su atención que los peatones que llevaban paraguas e impermeables no cedieran el lado de la pared a los otros, desprotegidos o inermes. Se quedó pensando un rato y entonces apareció su padre por la vereda de enfrente, mojado y desnudo al aguacero, cediendo el lado de la pared a todos. Esteban se puso a llorar y esa noche antes de dormirse, como si fuera una condena o un tesoro, lo escribió en secreto en la última hoja del cuaderno de tareas. Aquellos cuadernos Rivadavia de tapas de hule. Una cursiva gorda, segura y amable sobre los renglones. Una grieta dichosa y fatal. La escritura es el único juguete de la infancia que le dura.

En 1998, aquel niño ya era el doctor Esteban Pereda, un prolijo cirujano del estómago que todas las mañanas hacía un recorrido casi directo, desde el Barrio Saladillo hasta el Hospital Italiano “Giuseppe Garibaldi”, en el sur de la ciudad. En un viaje sin curvas, por calle Buenos Aires (Camino Real en la colonia), venía desde Avenida Lucero hasta Rueda, giraba a la izquierda y casi todos los días debía frenar el coche en el semáforo de calle San Martín. Ese día era lunes 5 de octubre, una bella mañana de primavera que él conocía desde el alba, por que a las cinco en punto, todas las madrugadas lo fulminaba el insomnio, cierta inquietud por la agenda del quirófano cargada de intervenciones difíciles. A menudo niños.
Y al repaso de esas duras batallas que tendría con la sangre, esperando la luz verde, bajó la ventanilla de su lado para aspirar la fragancia de los pinos de los jardines de la Gendarmería. Y ahí pasó todo. En un instante, pasó uno de esos fenómenos donde lo cotidiano roza la maravilla. Esos pasajes donde un acto pueril se convierte en una epifanía. El doctor Esteban vio que otro auto había estacionado junto al suyo esperando la misma luz de paso. Su conductor era un anciano venerable, tranquilo, que no tenía huellas de insomnio ni de haber perdido la batalla contra el paso del tiempo. Un anciano a bordo de una especie de lancha extinta o ballena brillante. ¿Cómo llamarían ustedes a un Valiant 4, modelo ’67, con todos los afeites originales? La mirada del cirujano es siempre veloz y certera. Curiosa, exhaustiva y de pronto, sin un porqué, se vuelve extática, hechizada, contemplativa. Pero de un modo tan turbado, que sin un sentido aparente, el doctor Pereda se había conmovido. No parecía de pena, ni siquiera una bruma dolorida. No. Más bien como una lágrima de mucha lucidez abotagada. Otra cosa, como una gratitud o una dicha difusa, lo más parecido al fulgor inicial del niño en una ceremonia.
Cuando se puso la luz verde el anciano retomó su marcha hacia calle Rueda, y el doctor Esteban modificó su recorrido habitual de calle Gálvez para seguirlo. Lo siguió como si hubiera recibido un llamado. Desasido, de súbito, con una calma de esas que sólo conseguía después de muchas copas o pastillas.
Veneración podría ser la palabra. Una devoción instantánea por un hombre con un Valiant; un anciano, distinguido, todavía fuerte, pero al mismo tiempo vulnerable. Vulnerable como él, en ese momento en que le había pegado un rayo de clarividencia. Un instante donde sintió el peso de los ochenta años del otro, de un otro igual y futuro, con sus amores, sus crímenes, sus olvidos.
Y parecía mentira, pensó, que a veces ya no se pudiera reconocer a los otros ni a uno mismo. Ni el momento, ni el lugar, apenas las luces del semáforo o el vencimiento de tantos controles o cuentas absurdas. Y fue entonces que sucedió: cuando el anciano se volvió para asegurarse de que había cerrado la puerta del coche, el grueso cilindro retráctil de hierro de la manija dio el campanazo. La fisura. Recién ahí Esteban se dio cuenta de que era su padre. De que el anciano al que estaba siguiendo, subyugado, era Umberto: el hombre del Valiant. Umberto sin h. Aquél hombre del que siempre había pensado (y escrito) desde los siete años, desde el día en que apareció desnudo y mojado al aguacero cediendo el lado de la pared a todos, que si en el mundo hubiera cien más como él (solamente cien hombres así), con esa dignidad, ese tesón y esa alegría, todavía sería un paraíso. Un lugar donde podría uno reconocer a su padre o a su hijo en todos los hombres, y donde él, aún siendo un laborioso contendiente de la sangre, ganando y perdiendo todos los días en el quirófano, podría dormir como un bebé, y acordarse, todas las mañanas en el semáforo de Rueda y San Martín, de bajar la ventanilla del auto y aspirar la fragancia del ciprés, del sauce y del plátano.
— Chist, chist… – y después le silbó, más bien un chiflido, Esteban no sabía silbar.
– Papá, ¿qué hacés?
–¡Esteban…! -algarabía infantil del padre, el despertar de un niño, vive con asombro desde el café con leche hasta el alunizaje de la Apolo XI.
— Lo llevé a Lisandro a la escuela.
–¿Por qué…?
–Estamos sin dormir, desde las tres-. La generación que siempre conjugaba con la esposa, plural de la primera persona. El yo eran dos. Umberto y Teresa. Umberto sin h.
–¿Qué pasa?
–Todavía estoy temblando. A eso de las tres sentimos un grito terrible y después una explosión. Como una bomba. Una chica del edificio de al lado, se tiró desde la terraza y cayó al patio nuestro. 14 pisos. 22 años…
— ¿Y cómo no me llamaron?
— Lo llamé a Andrés, es igual. Está más cerca y vos tenés quirófano los martes – el hombre de la memoria de elefante o eidética. La memoria de lo ajeno como delicadeza amorosa.
–¿Y mamá?
–Se quedó de tu hermano, llamamos a la emergencia y le dieron unos Sidenar.
–¿Y vos?
–Yo me tomé el Losacor y llevé a Lisandro a la escuela, para hacer algo…
–¿Y ahora?
–Voy a sacar turno al dispensario.
–Dejate de joder con el Pami, si vos tenés Osdén.
–Cariello me atiende igual acá en el barrio y me regala las pastillas.
–Pero la historia clínica y los estudios…
–Psé, ustedes tienen todo en la computadora.
–…
— Todavía está la calle cortada. La policía, médicos, parientes, vecinos.
— ¿… no retiraron el cadáver?
— No. Y a mí se me ocurrió mirar. Primero pensé en un accidente y fui a ver.
— Puf…
— Tiene algo magnético, por eso no lo ponen en los diarios.
— Vos tambien, viejo…
–El grito, Esteban. No me puedo sacar el grito de la piba de la cabeza… Por eso preferí salir. Dijo algo de que ya está, que bueno, basta-dijo… así, y al final, no vas a creer, dijo, cuidado y una explosión terrible. Ya está, que bueno, basta… cuidado!
–Bueno, sí… tomemos un café rapidito en El Lido.
–Por mí no te hagás problema, yo estoy bien.
–Es por mí, papá, dale, crucemos.
El Lido es el cafetín discepoliano, el patio de recreo de los adultos. Las bromas del fútbol, juego clandestino (cartas, apuestas, turf), el amparo del licor, parada de putas, taxistas, muchos médicos (en 5 manzanas hay 4 hospitales), y el público que se renueva todo el tiempo. Abierto las 24 hs. Esos bares de terminales, de amplia esquina, con 4 puertas de entrada y salida: bar, salón comedor, anexo billares, una rockola y vereda ancha sobre la avenida forrada de plátanos. Lo único en la vida parecido a la vieja, al amparo.
Don Umberto prefería las mesas en la vereda, sobre la avenida, el bullicio, el colmado, ir viendo todo y anotarlo en su cabeza de memoria eidética, delicada, amorosa. Esteban pensaba que su padre era el flâneur de barrio, salvaje, una adaptación de aquel más fino de Benjamin. Un flâneur oral, con la percepción sin filtro, otra avenida, recibiendo toda la información o experiencia y acumulando memoria hasta de los descartes, rumores, voces, gestos. Un iceberg barrial. Otra cosa era escribirlo. Quizá Javier, explicaba don Umberto a los mozos, mi hijo más chico, el escritor, podría un día contar las historias de estas mesas. El abogado de la familia, que está viviendo en Europa. El viejo sabía hablar con eufemismos, porque Javier se había tenido que fugar a Europa por la mitad de los delitos que trae el Código Penal y ni siquiera en Barcelona (sitio probable) podía tener paradero conocido. Memoria selectiva además de eidética.
–¿Conocías a la piba?-preguntó Esteban.
–No sé… imagino que sí. Vivía en el edificio de al lado.
–Para mí, café corto. ¿Vos?
–También. Igual. Cuando salí a la calle reconocí a un amigo historiador que estaba abrazando al padre de la chica, pero evité la charla. Ni saludé. Era terrible la situación.
–¿22 años…?
–Decime vos… el portero dice que la piba había estado discutiendo con el noviecito anoche ahí en el paliér.
–¿Porqué no se vienen a dormir a casa un par de días?
— El portero dice que la piba no quería tomar las pastillas.
— ¿Me escuchaste papá?
–No, no hace falta. Además hay mucho que hacer. Tu madre estaba programando el lavarropas recién.
–¿Querés azúcar?
–No, sacarina.
–Comete una medialuna.
–No, tengo un nudo…
–Todos los hombres sanos, al menos una vez en la vida piensan en el suicidio.
–Seguro.
–Es de Camus la frase, el de La Peste.
–Sí, el suicidio es una peste. Por eso no sale en las crónicas de los diarios.
–Igual siempre obedece a cosas muy complejas. Así nomás no te tirás de una terraza.
–No sé. Yo te digo que te da un vértigo. Como una hipnosis. Mirás arriba, mirás abajo. Entrás y volvés a mirar. Se te pega el horror.
–Tomate un licor viejo… Abel, traé un Tía María.
–El grito, Esteban. La frase, no me la voy a olvidar nunca. Ya está, que bueno basta… así, y al final, no vas a creer, dijo, cuidado. Dijo cuidado… cuidado…
–Bueno, según Lacan la respuesta habría que buscarla en esa palabra.
–Cuidado…
–Cuidado Umberto, el licor… -dijo el mozo apoyando la copa- ¿Hielo?
–No, así nomás. –dijo el viejo y apuró un trago grande- Le pasó la copa al hijo.
–No, tengo cirugía a las nueve.
–Claro.
–Bueno, salgo tipo una y te llamo. Los paso a buscar, vamos a almorzar por ahí.
–Dale, ya debe haber cola en el dispensario.
–Saludalo a Cariello.
Entonces don Umberto sacó dinero para pagar la cuenta. Eterno pagadiós el viejo. Entre los billetes apareció un variado listín de remedios de los que tenía que pedir recetas. Y más abajo, unos tickets de quiniela, un recorte de La Nación, una reseña de cuando Pugliese había tocado en El Colón. Cuando Esteban iba rumbo al auto, escuchó al menos tres veces más la palabra “cuidado”, el mozo, el diariero, el cuidacoches, todos parecían saber qué le había faltado a esa chica.
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………………………………UNA NOVELA QUE RECIÉN COMIENZA…