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Día de la Madre

Mamá en mi altillo

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Hoy domingo, antes de recomenzar con la novela huelga escribir algo sobre mamá, es su día, como el de muchas. No todas las mujeres son madres, felizmente, ahora sabemos que no es un destino fatal el parir o criar niños. Ni natural ni un instinto. Es un acto de amor, de los mayores, claro: un acto heroico e infinito en muchos casos. Pero por suerte hay tanto amor para dar que muchos hombres también se vuelven madres, o a menudo, nos volvemos madres o padres de hijos que nacieron de otros o por otros. Yo soy poeta, no soy antropólogo ni psicoanalista, ni filósofo, pero sé que hay dulzuras, miradas, alimentos, palabras, que sólo una madre nos da y eso es en la infancia. Y eso es fundante y definitivo para todos. Es irrelevante la cuestión legal (eso sí lo sé porque soy abogado) y también el más allá. Ya siendo adultos mamá va dejando de ser presente constante a medida que crecemos, nos sigue dejando esos mensajes en el contestador donde pregunta si comimos, si volvimos de Buenos Aires o si tenemos que lavar ropa (que no dejemos de lavarla), pero llega el día incluso que desaparece físicamente, y como dice Proust en la carta a George de Lauris (1907): “Cuando tenía usted a su madre pensaba mucho en los días de ahora en que ya no la tendría. Ahora pensará mucho en los días del pasado en que la tenía. Cuando se acostumbre usted a esa cosa horrible que es ser rechazado del pasado, entonces la sentirá revivir dulcemente y volverá a tomar su lugar cerca de usted. En este momento esto aún no es posible. Esté usted como inerte, tenga paciencia, espere que esa fuerza incomprensible que lo ha roto, lo levante un poco; digo un poco, pues siempre guardará algo de roto. Es una dulzura y un consuelo saber que no se amará nunca menos y que se acordará cada vez más”.
Pues bien, queridos amigos, a 9 meses (nueve lunas eh…) de la muerte de mamá (20-1-14) yo he pasado esa rotura y soy dichoso con sus recuerdos y siempre va conmigo, con mi hermano hemos despachado todas sus cosas físicas (incluida su casa) y como aprendí de Barthes, un día como hoy, “yo voy a resistir la Invocación al Estatuto de la Madre, para explicar mi dolor y mi amor”. (Diario del duelo, p. 59 Ed. Siglo XXI). No soy de ir (no creo) a los cementerios. Lo único que hago es mirar esta hermosa mañana soleada, viendo a las islas, al sol, al cielo y musitar ese monema tan nutritivo que nos da la lengua MA… MA… y juntarlos y que se haga la plegaria, el ruego, la dicha, la gratitud MAMÁ, MAMÁ, MAMÁ… y me vuelvo a sentar en esta misma máquina, a seguir con mi novela, porque eso era mi madre, el aliento del cielo de todas las cosas más hermosas que conozco. Y eso está ahí, acá…

Marcelo Scalona