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Andrés

andres 3

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A N D R É S
——————— Hoy no pude escribir en el altillo. Llegó desde temprano Andrés Castro, mi albañil, pintor, reparador de todo. Vino a picar la pared norte de la bohardilla, a buscar el ladrillo crudo, el centón de piedra y arena de principios de siglo pasado. Encontró en el revoque un boleto de tranvía de 1947. Luego se puso a hacer el boquete para el aire acondicionado y finalmente irá a impregnar todo con un barniz fijador. El tritón ha estado corriendo por los golpes de masa, lo vi saltar de Picasso a Faulkner, de la foto de Man Ray a Beckett, de la mujer sin cabeza a mis cuadernos y finalmente se ha vuelto a meter en una escultura de papel maché que hizo mi hijo Matías hace muchos años en el taller de Beatriz Vettori.
Andrés es un albañil muy especial, en el Renacimiento hubiera sido asistente de Boticelli o de Buonarotti, trasmite una paz, una sabiduría y un desapego que excede la circunstancia del tocho y portland. Tiene todo el tiempo una mirada de ensoñación, de dulzura, de bondad, habla pausado, mastica suave, bebe despacio, desgrana las palabras, mira por la ventana, y después agrega otra cosa. Es claramente un hombre sabio, aunque yo sé que le han pasado cosas terribles, a sus 50 años. Pero no vienen al caso, aunque yo lo sé.
Acaba de terminar de desbastar la pared del altillo, de recoger en 20 bolsas el escombro, de llevarlo escaleras abajo (3 pisos) y cargarlo a un flete. En una pausa, se ha ido corriendo a terminar la termocupla del calefón de Mayra, pero volvió rápido en el 127. Es el único albañil en el mundo que jamás te pide plata de adelanto ni te cargosea con la guita ni te hace cuentos de gastos. Cobra, por supuesto, pero también en eso es transparente como su mirada.
En una pausa de la nube blanca que es mi casa, lo escucho hablar feliz con su amorcito, sonríe, está preparando una cita de las mejores, las cotidianas, las de las parejas que viven juntos, que duermen abrazadas. Unos choricitos, me dice guiñando un ojo, con un Martini con gajos de limón. Al fin descubro que nada más que eso es el paraíso. Se lava, junta sus herramientas, promete volver el jueves a terminar a pasar la escofina a los ladrillos y hacer la película impermeabilizante del barniz terracota. Cuando empieza a bajar la escalera caracol me promete que se acordará de mí en sus oraciones, porque él ha recibido de su padre (pastor) el don de bendecir y orar por todos.
En ese instante me quedo confuso, en el umbral, no bajo, me quedo como transido, sube una bocanada leve, suave, dichosa, como si fuera normal que un albañil te hiciera una caricia. Entonces pienso en el reparador de sueños de Silvio y que hoy no pude poner una sola línea en mi novela y que ahora mismo debo ir a acomodar un poco, porque Ester vendrá recién mañana a poner orden. Y mi tritón, pienso, me aflige por dónde andará mi socio, al que a propósito, ya debería ponerle un nombre.
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M a r c e